En su discurso inaugural de 2012 en la Universidad de las Artes de Filadelfia, Neil Gaiman, autor de ‘Sandman’, ‘Buenos presagios’ y otras obras de culto, aconsejaba a los alumnos hacer siempre lo mismo ante cualquier adversidad: “make good art”. Haz buen arte.

“¿Te persigue Hacienda? Haz buen arte. ¿Ha explotado tu gato? Haz buen arte. ¿Alguien en internet piensa que lo que haces es estúpido, malo o se ha hecho antes? Haz buen arte”.

Ice Watch, de Olafur Eliasson. Tate Modern, Londres.

El discurso de Gaiman podría recuperarse en 2019: ahora que la tecnología ha superado nuestras vulnerabilidades, nos hemos convertido en zombis hambrientos de pantallas y se nos acaba el tiempo para actuar contra el cambio climático, ¿no será esa la respuesta? ¿Hacer buen arte?

De esa idea nace The Long Time Project, una iniciativa de Ella Saltmarshe y Beatrice Pembroke que aboga por hacer uso del arte y la cultura para crear conciencia y ayudarnos a pensar cooperativamente, de una manera largoplacista y considerada con los retos que nos plantea el futuro.

Cultura para organismos paleolíticos

Nuestros cerebros no están diseñados para lidiar con problemas demasiado complejos y que requieran pensar a largo plazo. Sufrimos de un cortoplacismo innato, probablemente debido a que, como especie, hemos pasado más tiempo huyendo de depredadores o buscando comida y cobijo que planteándonos el mundo en el que vivirán nuestros tataranietos. Estamos programados para responder a amenazas urgentes, no a elucubraciones complejas sobre lo que nos pasará en 120 años.

Pero no tenemos por qué esperar a que nuestros cerebros evolucionen en tiempo récord, podemos aprovecharnos de algo para lo que sí estamos bien diseñados: contar y escuchar historias. En un post en Medium, las fundadoras de TLTP dicen que el arte y la cultura nos capacitan mejor para comprender el futuro a largo plazo y transformar nuestro comportamiento y actitudes para preservarlo.

The Time Machine, Domestic Data Streamers

En un artículo para BBC Future ponen como ejemplo el trabajo de Superflux, un estudio de diseño que ha creado muestras de cómo olería el aire en 2030 si no hacemos nada para evitarlo. En Emiratos Árabes invitaron a políticos y legisladores para que los inhalasen y consiguieron una reacción que no se habría logrado con una avalancha de datos. De esta manera el problema no se descubre o conoce; se siente.

Algo parecido es lo que hacen Domestic Data Streamers, un estudio de Barcelona que crea instalaciones y visualizaciones de datos que incitan a las personas a actuar una vez han entrado en contacto con los datos. Una de sus instalaciones en colaboración con UNICEF fue una “máquina del tiempo” en la que Ban Ki Moon entre otros miembros de las Naciones Unidas entraron a firmar un contrato con su yo de la infancia.

La máquina, una combinación de dispositivos biométricos y un cuestionario, creaba una canción personal basada en elementos de su infancia y su ritmo cardíaco, tras lo cual redactaba un contrato entre su yo actual y el yo de su infancia.

En el arte, instalaciones como la de los artistas finlandeses Pekka Niittyvirta y Timo Aho en las Hébridas Occidentales, que colocaron luces horizontales para mostrar el impacto del aumento del nivel del mar en edificios de la zona, nos hacen ver con más claridad el resultado futuro de nuestros actos en el presente.

Pekka Niittyvirta y Timo Aho

La foto genera una sensación de urgencia difícil de igualar con palabras, imagínate si lo vieras junto al mar.

Todas ellas juegan con la percepción del tiempo en una escala mayor a la que podemos concebir. Ese es uno de los propósitos del proyecto de Saltmarshe y Pembroke, ayudarnos a comprender el resultado de nuestras acciones presentes en las generaciones venideras.

Es lo que llaman emociones multigeneracionales. “Aunque muchos tenemos sentimientos (…) por los familiares que conocemos a lo largo de nuestras vidas, encontramos difícil generar la misma conexión emocional con nuestros descendientes que están aun por venir”.

Esa conciencia del tiempo es la que nos puede ayudar a comprenderlo mejor, empatizar con nuestros futuros descendientes y empezar a actuar antes de que sea tarde.

El poder de las historias

En ’21 lecciones para el Siglo XXI’, Yuval Noah Harari dice que las personas no reaccionamos a los datos, ni las estadísticas sino a las buenas historias. Las ficciones y relatos que nos emocionan consiguen resultados más impactantes y duraderos que cualquier verdad, sin importar su credibilidad.

Se podría decir que lo mismo que nos ha llevado a este punto es lo que podría salvarnos. Si reaccionamos mejor a historias que a la propia verdad, tal vez sea el momento de crear historias que nos ayuden a sacar lo mejor de nosotros.

The Weather Project, Olafur Eliasson. Tate Modern, Londres

La industria del entretenimiento, hermana melliza de la cultura, ha sido muy eficiente a la hora de crear una cultura del consumo, culto a la personalidad y exaltación del individualismo. ¿No podría acaso aprovecharse para construir una que exaltase la grandeza de construir proyectos largoplacistas, de conciencia medioambiental y responsabilidad con nuestros descendientes futuros?

Seguro que sí, pero habría que encontrar una respuesta a la siguiente pregunta: ¿cuál es el modelo de negocio?