Hace unas semanas me encontraba volviendo a casa andando (o algo parecido), un sábado a las 7 de la mañana y en la acera me crucé con un hombre que estaba descargando sacos de patatas de una furgoneta y los lanzaba con rabia contra una caja de fruta que había en el suelo. El último cayó dentro solo a medias y al verlo, el hombre se giró violentamente y de una patada consiguió ponerlo en su lugar mientras mascullaba algo para sí mismo. Su frustración era comprensible, era sábado y mientras que unos llegábamos a casa, él desempeñaba un trabajo mecánico y repetitivo que no suponía ningún reto para su intelecto. Al verlo pensé que ninguna persona debería hacer eso en el futuro. Eso es cosa de robots.

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Pensémoslo bien, nuestro cerebro se muere de hambre. Constantemente busca sal, azúcar y grasas; para conseguirlas resuelve acertijos que consumen más sal, azúcar y grasas y eso es precisamente lo que le da placer, y lo que le da placer a tu cerebro, te lo da a ti. Es básicamente la razón por la que nos gusta jugar, porque nos gusta superar retos.

Coger sacos de patatas de un lugar para tirarlos en otro puede ser un esfuerzo físico entretenido por un rato, puede hacernos pasar una tarde divertida en la mudanza de un amigo o servir para una anécdota, pero si haces eso seis días a la semana durante veinte años, es normal que cuando uno de esos sacos hijos de puta no caigan donde tú quieres te líes con él a patadas y acabes llorando de rodillas en un rincón si saber por qué. Para eso, insisto, están los robots y todos deberíamos asumirlo y empezar a trabajar para que así sea. Las personas, cualquiera de las 7 mil millones que habitan el planeta, valemos para mucho más que eso.

Delivery Drone

Las dos primeras Revoluciones Industriales (estamos viviendo la tercera ahora mismo) la liaron parda en las fábricas, reduciendo drásticamente la mano de obra humana para reemplazarla con maquinaria. Poco después empezó a pasar en las minas y ahora eso pasa en las calles. Los drones reemplazarán a los repartidores y si no lo hacen ellos porque resulta imposible organizar el tráfico aéreo, lo harán los vehículos autodirigidos, ya sean los driverless cars de Google, los de Apple, los de Tesla o los de Uber. Podrían ser los que esté diseñando un chico de 15 años del que aun no sabemos nada, encerrado ahora mismo en el sótano de casa de sus padres, pero pronto que se convertirá en el nuevo Mark Zuckerberg. Pero si crees que esto se va a quedar ahí, abre bien los ojos o te van a pillar durmiendo. Esto no solo va a vaciar las fábrica y las carreteras sino que está empezando a limpiar las oficinas.

Os presento a Ross. Ross es una abogada virtual que opera con el ordenador cognitivo Watson, de IBM, y no, no es un buscador ni una base de datos sino una inteligencia artificial desarrollada para, en el futuro, ser capaz de construir los casos por sí misma. Como dicen en la revista Wired, tu abogado podría acabar pidiéndole asistencia legal a ella de la misma manera que tú le preguntas a Siri cuál es el mejor italiano de la ciudad. Es una asistente virtual especializada que te puede decir si es necesario o no notificar a tu empleado de su despido en caso de no cumplir sus objetivos, o decirte si tu jefe está obligado a pagarte una liquidación y la cantidad exacta de ésta. Ross te aporta los documentos en los que se basa par darte la respuesta y tanto si te gusta como si no, puedes hacérselo saber. ¿Lo mejor de todo eso? Ross aprende igual que un abogado de verdad pero con la diferencia de que al estar llevando cientos, o miles, o cientos de miles de casos a la vez, aprende más rápido y mejor.

Tal vez hayas escuchado hablar de Stampery. Stampery es una empresa española de notarización electrónica que, básicamente, hace lo mismo que un notario pero más barato, más rápido y más seguro. O sea, mejor. Si lo piensas bien, un notario es una persona que ha pasado muchísimo tiempo almacenando un montón de información aburridísima, hasta que un organismo regulador en el que el resto de los ciudadanos hemos depositado nuestra confianza, verifica que ha desperdiciado tanto tiempo de su preciada vida estudiando algo horrible que recompensa ese desperdicio de tiempo libre, con un título que le permite ganar mucho dinero a cambio de trabajar muy poquito el resto de su vida. Un notario es, al fin y al cabo, un ordenador que se pone malo y puede enfadarse, haciéndolo menos eficiente y menos fiable que uno “de verdad”.

Stampery en cambio usa el Blockchain, un sistema digital de cifrado público que garantiza la autenticidad de la documentación tramitada, porque si alguien pudiese corromper el sistema que la protege se podría hacer con 6 mil millones de dólares. Sí, eso es un 6 seguido de 9 ceros. No sé cuántos notarios dirían que no a esa cantidad con tal de decir que José se llama Javi o viceversa. Stampery sirve para compraventa de bienes e inmuebles y contratos de todo tipo pero también, por ejemplo, para enviar un guión que has escrito o una canción que acabas de componer al productor de turno sin miedo a que te la roben. Basta con que en el mail de envío pongas en copia tu cuenta de Stampery y cualquier juez podrá verificar inmediatamente la fecha, el día, el lugar y la hora a la que se envió ese documento y quién fue la primera persona en archivarlo jamás. Todos los que hemos visitado la oficina de patentes sabemos lo que tiene esto de bueno. Dos de los fundadores tienen 19 y 21 años y ésta no es su primera empresa.

En octubre de 2010 McSleepy y DaVinci sedaron y extirparon la próstata a un paciente ellos solitos y ninguno se sacó el graduado. Ambos son robots, uno anestesista y el otro cirujano respectivamente, así que el trabajo de los médicos del futuro será más parecido al de los pilotos o los probadores de videojuegos en la parte práctica y a la de los programadores y científicos de computación en el diagnóstico y la preparación.

Pero no solo el sector especializado de perfil técnico está viéndolas venir. Como nos dijo Arturo Paniagua en un #WATTBA al que vino de invitado, Associated Press ya tiene una inteligencia artificial que escribe artículos. Eso no significa que ni siquiera nuestra creatividad será necesaria en el futuro sino que tendremos que desarrollarla aún más.

César Molinas, matemático y economista, lanzó la bomba en el foro RETINA de El País: “cualquier trabajo que no requiera creatividad desaparecerá”. A mucha gente le aterra esta perspectiva pero yo todavía no entiendo por qué. Nuestro verdadero valor es ése, somos cerebros que usan el cuerpo para desplazarse a sitios pero nuestra especialidad es la de ser capaces de crear cosas de la nada y ofrecer soluciones a problemas cada vez más complejos. Somos curiosos, analíticos y jodidamente ambiciosos, sino nunca hubiéramos salido de la primera cueva que encontramos. Superada la etapa de las cuevas, ahora nos toca superar la etapa reciente que tiene a muchos esperando en el banquillo convencidos de que algún día les llegará la hora de jugar cuando no hay garantías de ello y, de hecho, todo apunta a que será al revés. Nuestro futuro no está en ser sirvientes de nuestras necesidades sino desarrolladores y coordinadores de las soluciones que las cubran. Además, piénsalo, si te planteas este nuevo modelo no volverás a tener jefe nunca más.

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Pero no hace falta ser un genio de Silicon Valley para sobrevivir al mundo actual. Todos esos YouTubers, bloggers e instagramers que a la gente le encanta odiar no son más que jóvenes que se cansaron de esperar, vieron una oportunidad y se decidieron a aprovecharla mientras el resto les critica a la vez que maldicen sus propios trabajos. Los rappers, djs y músicos que no dejan de sumar reproducciones en internet son los que dejaron de plantearse la posibilidad de acercarse a una discográfica con una maqueta para ver si les grababan el disco y ahora comparten  su contenido libremente, a su ritmo y a través de los canales que les da la gana. El reto está en saber monetizar ese trabajo, pero están más cerca de hacerlo que los que tiran currículums compulsivamente a la espera de una llamada.

El mejor consejo que me dio mi viejo de pequeño lo tengo grabado a fuego: “Rodri, sé un haragán. Nada agudiza tanto el ingenio como no querer trabajar. Un haragán inventó la rueda”, me dijo, “otro el ordenador. Un haragán muy listo, pero haragán al fin y al cabo”. Ahora me doy cuenta de que aunque no llegase a vivirlo, el viejo se adelantó al siglo que venía. En el fondo no se trata de no querer trabajar sino de hacerlo para algo útil y sobre todo, que te haga feliz.
Yo le hice caso y monté Rewisor.