Vivimos tiempos extraños. Los críticos culturales rabian contra el vídeo vertical y echan de menos la música de antes, la de “verdad”, los adultos (incluso los adultos jóvenes) dicen que la juventud está perdida, los políticos creen que la mejor manera de avanzar hacia el futuro es devolviéndonos al pasado mientras que otros renuncian a avances científicos como las vacunas o la pasteurización.

Parece que hubiera una mayoría pensando que la mejor manera de ir hacia adelante es dando pasos atrás, y la cultura es solo una herramienta de esa agenda nostálgica. Quien peor parada sale es la verdad.

Nostalgia personal y nostalgia histórica

La moda, el cine, el marketing y el entretenimiento usan la nostalgia para atraer nuestra atención. Cuando no vuelven los 80, se ponen de moda los 90; las revistas usan fotos antiguas para sus portadas o añaden grano analógico a fotografías digitales y el cine y la tele nos devuelven a una infancia de urbanizaciones y bicicletas aunque por nuestra infancia no haya pasado una BMX ni mucho menos una urbanización.

El pasado, incluso el de nuestros falsos recuerdos, se presenta como un lugar reconfortante y apacible en el que todo fue mejor. Puede que tenga algo que ver el hecho de que la nostalgia nos hace sentir bien. Esa sensación, considerada una enfermedad en el siglo XVII, nos reconforta y da calor (a veces literalmente) en momentos tristes.

El Profesor Constantine Sedikides inició toda una corriente psicológica al observar la nostalgia desde esta nueva óptica. Sin embargo, a pesar de los aspectos positivos de la nostalgia personal, la nostalgia histórica es una herramienta peligrosa.

Mientras que la nostalgia personal nos puede ayudar a lidiar con momentos difíciles, la nostalgia histórica provoca una mayor insatisfacción con el presente y nos hace más cínicos. Esta perspectiva pesimista predomina en una sociedad donde internet y las redes sociales parecen estar relacionadas con mayores índices de ansiedad y depresión, sentimos que hemos perdido nuestra privacidad y vivimos angustiados por un FOMO constante.

Si observamos el pasado desde nuestra subjetividad y no desde la investigación y con perspectiva histórica, lo mas normal es que el recuerdo que tenemos de él nunca existiese. Es decir, no es un recuerdo sino una simulación.

VR orgánica

El cerebro es el dispositivo de realidad virtual más eficiente del mundo. Es gratuito, su rendimiento es insuperable, su hardware está al alcance de todos y crea una sensación de (falsa) objetividad basada en realidades altamente subjetivas. Como disco duro adquiere los mismos pros y contras.

Este dispositivo orgánico multifunción simula estas dos tecnologías con herramientas 100% humanas: la “VR cerebral” construye una imagen de la realidad en tiempo real condicionada por los recuerdos almacenados al mismo tiempo que estos son modificados de manera retroactiva gracias a las experiencias recibidas/generadas por el primero y el paso del tiempo.

Es decir, que nuestros recuerdos, en muchos casos, son ficciones personales en forma de memoria que nos gusta contarnos por diversos motivos. Esto a veces da resultados confusos o incluso opuestos.

Un acontecimiento doloroso, como ver a una persona clavándote una navaja o los dientes de un perro clavándose en tu pierna, desata una mayor cantidad de conexiones sinápticas a la vez, reforzando el recuerdo. Es lo que se conoce como teoría de neuroplasticidad hebbiana.  Por eso a veces tenemos las sensación de que recordamos con más nitidez lo malo que lo bueno.

Sin embargo, cuando recordamos el pasado de una manera global tendemos a recordarlo mejor de lo que era. Aunque no nos podamos olvidar de aquella vez que nos estafaron o dónde estábamos cuando ocurrieron los atentados del 11-S, nuestra imagen del pasado es la de unos tiempos más sencillos, apacibles y estables.

En el extremo puede convertirse en un síndrome de Pollyana, donde el sujeto tan solo percibe lo bueno de la vida, anulando o ignorando lo negativo. En la mayoría de los casos no es más que un mecanismo de defensa que sirve para no desmoronarnos y poder seguir adelante a pesar de los contratiempos. Tiene algo que ver con el propósito de la nostalgia.

Populismo pop

Las mismas estrategias que se usan para vender discos y series están siendo explotadas en política para ganar votos. La ilusión de confort de un falso pasado más estable y sencillo se presenta frente a la amenaza de un futuro incierto, egoísta, disruptivo y peligroso.

La estrategia consiste en exaltar el pasado con frases y proclamas biensonantes que no aguantan una segunda evaluación. Trump llegó al poder prometiendo devolver a América a su era más grandiosa, pero no dejó claro cuándo fue así. Lo que en ocasiones fue genial para su mayoría blanca cristiana no lo fue tanto para sus minorías étnicas y colectivos minoritarios. Tampoco para sus mujeres ni sus países vecinos.

Hace poco Pablo Casado, nuevo presidente del Partido Popular español, dijo acerca del aborto que quería “volver a la ley de 1985”. Cuando no se quiere volver a una ley, se vuelve a una moneda, como prometió la campaña por el Brexit y así todos unidos proponen que la mejor manera de hacer frente al futuro es regresando al pasado.

Diego Rubio, Profesor de Historia Aplicada y Gobernanza Global en la escuela de relaciones internacionales del IE, dice que hay dos explicaciones científicas a este comportamiento. Por un lado lo que en psicología se conoce como la “retrospección rosa”, un fenómeno mediante el cual las personas tendemos a recordar el pasado de manera más positiva en comparación con el presente.

La otra es dibujar una imagen del pasado, no en base a estudios objetivos o una documentación empírica, sino en comparación con el momento actual. Si todos decimos que vivimos tiempos difíciles será que en algún momento debimos vivir tiempos mejores. Nadie los conoce ni hay datos de ellos, pero todos los recuerdan. Sobre todo a la hora de hacer campaña.

Yuval Noah Harari, autor de ‘Sapiens: de animales a dioses ‘y ‘Homo Deus’ dice que, como historiador, “hay dos cosas que [puede] decir con certeza del futuro: nunca volverá y nunca fue mejor.”

“El futuro ya no es lo que era”

Esta frase de Yogi Berri resume muy bien el sentimiento de los agoreros. El futuro es incierto. No sabemos qué será de nosotros, de nuestra familia y nuestro trabajo. Para los nacionalistas esa preocupación se extiende a su país y para los religiosos a sus tradiciones.

 

El pasado en cambio ya fue. Es estable, no tiene poder para amenazarnos y está superado, no hay impredictibilidad en él. Incluso cuando recordamos sus peores momentos somos capaces de reírnos de él y rememorarlo con una sonrisa.

Pero querer retroceder por la ilusión de confort de un pasado que no volverá es sucumbir a un canto de sirena. Es imposible e incluso si lo consiguiéramos nos decepcionaría. Hay mucho que cambiar y descubrir todavía como para luchar por repetir. La impredictibilidad del futuro es lo que lo hace más emocionante y es de alguna manera el motor de los cambios.