Bajo la interfaz

Independientemente de si guardas interminables colas delante de tu Apple store, o si llevas un Android “Pie” en tu bolsillo, le debes la sencillez con la que interactúas con tu aparatito (al menos en parte) a este momento:

Para los diseñadores de Interfaces de Usuario (UI, del inglés User Interface), este debió de ser un momento pivotal en su carrera, ya que Steve Jobs estaba a punto de desvelar el primer interfaz “natural” de usuario en un dispositivo de consumo para las masas: una UI basada en los movimientos naturales del cuerpo y, poco tiempo después, en la voz.

De aquello hace “solo” 11 años, aunque nos cueste recordar cómo eran las cosas antes. Imagina, hoy en día, que llegas tarde a una entrevista de trabajo: sacas tu teléfono de última generación del bolsillo y lo desbloqueas gracias al reconocimiento facial, tocas un par de veces la pantalla y accedes a Google Maps (no mientas, no estás en Apple Maps…). Unos segundos de espera que se te hacen interminables, y por fin tienes delante de ti la ruta más rápida; parece que hay atasco, vas a tener que llamar para avisar.

¿Alguna vez te has parado a pensar en lo que acaba de ocurrir?

No, no me refiero a la serie de desdichas que quizá te lleven a perder un puesto de trabajo, sino a la serie de milagros tecnológicos que te han permitido conocer la ruta óptima a tu destino en menos de 15 segundos.

Empecemos por el reconocimiento facial: el primer uso publicado de esta tecnología corrió a cargo de Helen Chan y Woody Bledsoe en 1965 y continuó después en el ámbito del Stanford Research Institute. Los primeros intentos de asociar automáticamente datos biométricos (básicamente, medidas asociadas a las distintas facciones de la cara, como la distancia entre los ojos, o la anchura de la boca) a un individuo requerían de un operador, ya que los ordenadores no tenían la potencia suficiente para extraer dichos datos de una fotografía y, además, tenían una tasa de error considerable. Cuatro décadas después, en el Face Recognition Grand Challenge de 2006, se concluyó que los algoritmos, habilitados por nuevas tecnologías como las cámaras de infrarrojos y fotografías de muy alta resolución, ya eran 1000 veces más precisos de lo que lo habían sido una década más atrás y superaban ya a los humanos.


La tecnología para las pantallas táctiles también se desarrolló en la década de los 60, aunque tardaría casi 30 años en volverse ubicua. La que se usa en tu teléfono móvil está basada, probablemente (aunque hay otras), en un conductor eléctrico , que o bien forma parte de la propia pantalla o la recubre. Cuando tocas con el dedo, gracias a las propiedades conductoras del cuerpo humano, las propiedades eléctricas (capacitivas) del conductor se ven afectadas, y el procesador puede inferir dónde está tu dedo. Esta es, sin duda, una tecnología clave en la interfaz natural de usuario y cabe preguntarse si alguna pantalla en el futuro no será táctil.

Por supuesto, también tenemos la red de GPS: en todo momento hay, sobre nuestras cabezas, una red de más de 30 satélites, habilitada (literalmente) por la misma tecnología que llevó al hombre a la luna, cuyo único cometido es decirte a tí en qué posición te encuentras sobre el globo terráqueo. Este sistema está controlado por el ejército de Estados Unidos (al igual que el GLONASS Ruso), que allá por los años 70 decidió que la ventaja estratégica de tal sistema podría ser decisiva en el ámbito de la guerra fría. Aunque Reagan ordenó que se permitiese su uso civil después del accidente de Korean Airlines 007, el Departamento de Defensa sigue teniendo las llaves del GPS, algo a lo que Europa ha reaccionado (de forma bastante tardía), con su propio sistema, GALILEO: a partir de 2020 los Europeos contaremos con una red completa de navegación por satélite de uso exclusivamente civil.

Y así… ad infinitum. La serie de milagros tecnológicos a los que nos exponemos a diario es tan larga que es imposible abarcarla completamente. Si Newton dijo que era capaz de ver más lejos porque estaba sentado sobre  los hombros de gigantes, entonces hoy cabría decir que nosotros “cabalgamos” sobre dichos hombros, avanzando cada vez más deprisa hacia un futuro que antes solo podíamos ver en la lejanía.

Es muy posible que estés puesto al día sobre todos estos avances tecnológicos (y sobre todos los que están por venir); o, quizá, hayas descubierto algo nuevo y te encuentres ahora encadenando artículos de Wikipedia para saciar tu curiosidad. En cualquiera de los dos casos, apostaría a que cuando usas tu teléfono móvil no te planteas ninguno de estos detalles; al fin y al cabo, el mundo no se acabará por que no sepas como funciona el backend de tu APP favorita, ¿verdad? Pero, ¿por qué no pensamos en esto más a menudo? En mi opinión, hay al menos un culpable: La interfaz de usuario.

¿Acaso crees, realmente, que los terraplanistas o los negacionistas del aterrizaje en la Luna no utilizan el GPS de sus móviles? Claro que lo hacen, pero, la UI está ahí para evitar que necesiten (y necesitemos) hacerse preguntas. Como decía Carl Sagan, “Vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología en la que nadie sabe nada de estos temas.” Incluso profundas revoluciones tecnológicas, como el iPhone, se han planteado con una narrativa ajena a la propia tecnología, en la que quedamos embobados por la sencillez del diseño y las grandes campañas de marketing. Esto también es parte de la filosofía del UI. Marianna Mazzucato, directora del instituto para la innovación y el bien público en el University Colllege London, es un ejemplo crítico de cómo la genialidad y la excentricidad de Steve Jobs eclipsaron el verdadero proceso de innovación por el cual hoy en día existen esos aparatos. Un proceso que se basó, en una grandísima parte, en investigación pública financiada por los gobiernos, del cual no se menciona ni una palabra en la conocidísima biografía sobre Jobs de Walter Isaacson.

Cajas negras

La segunda parte de la frase del bueno de Sagan es: “Y esto constituye una fórmula segura para el desastre.” Efectivamente, lo que quizá sí que acabe con el mundo es que no nos moleste no saber lo que hay detrás ni de la UI, ni de tantas otras tecnologías que definirán el s.XXI. Es ahí donde está la clave de todo esto.

Quizá uno de los mayores clichés del cine americano es el del hombre hecho a sí mismo reparando el motor de su coche… ¿Qué sería de todas esas películas si el motor fuese una “caja negra” que no puede ni abrirse? (Esto, por cierto, es una tendencia en los motores actuales).

Precisamente de cajas negras insondables nos habló Cathy O’neil el pasado Lunes en el edificio de Fundación Telefónica de Madrid. O como prefiere llamarlas ella: “Armas de Destrucción Matemática”. Cathy sabe casi todo sobre los misteriosos algoritmos que son capaces de influir sobre grandes sectores de la población y tienen la posibilidad de causar daños irreparables. No, no estoy hablando del superordenador creado por Asimov para su célebre historia corta “El conflicto evitable”, en la cual la única manera de que las máquinas no acaben dañando al ser humano es tomando control de la economía a escala global; Cathy es experta en historias reales como algoritmos sexistas en Amazon, el sistema de crédito social en China o la detección del pre-crimen en Chicago. Es decir, no se trata ya de si sabemos o no cómo los ordenadores traducen 0s y 1s a tu siguiente notificación del Whatsapp, sino que el no saber cómo funcionan los algoritmos a los que exponemos nuestras vidas puede tener consecuencias desastrosas. No debemos quedarnos en la superficie que nos otorga la UI, sino que debemos buscar comprender, de forma más profunda, nuestra conexión con las máquinas, la tecnología en general y la ciencia sobre la que se basa.

¿Dónde está el truco?

Las interfaces de usuario han existido desde que empezamos a comprender cómo funcionaba el mundo natural y, probablemente, siempre lo harán, en alguna de sus formas. Los relojes de sol, los astrolabios o el mecanismo de Anticitera, son ejemplos de cómo los humanos hemos utilizado las UI desde hace milenios para facilitar la comprensión de los instrumentos a nuestra disposición.

La diferencia está en que hoy vivimos en un mundo en el que una única persona no sería nunca capaz de construir un lápiz por sí misma, y en el que intentar crear algo tan sencillo, a priori, como nuestro propio tostador, produce resultados, cuanto menos, “artísticos”. Y, por supuesto, un mundo en el que casi todos llevamos con nosotros, en el bolsillo trasero del pantalón o en un bolso, la herramienta más potente jamás creada por la humanidad.

La ciencia y la tecnología actuales están basadas en conceptos que adquieren, de forma pasmosa y, francamente aterradora, una elevada complejidad. Pero si queremos compartir el espacio de decisiones que girará entorno a nombres como Blockchain, Inteligencia Artificial, CRISPR/Cas9 o un Interet distribuido, no nos quedará más remedio que mirar debajo del capó de la interfaz de usuario. Si, como decía Cathy, deseamos tener control sobre la definición de “éxito” para estas tecnologías, antes deberemos sumergirnos en ellas. Para ello, debemos olvidarnos de la frase de “no entiendo de qué va eso”, del miedo a lo desconocido, y dejarnos llevar por nuestra curiosidad innata. Un ejercicio que pasa por confiar en nuestros divulgadores y, también, por reclamar, como sociedad, que científicos, tecnólogos y empresas nos proporcionen las herramientas adecuadas para poder seguir divisando el futuro que está por llegar.

Cathy me hizo pensar en la famosa frase de Arthur C. Clarke: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, que quizá surgió bajo un ideal casi “romántico” de la tecnología: uno que hablaba sobre un futuro en el que no tendríamos que preocuparnos sobre cómo funcionan las máquinas que nos dotarán de poderes casi mágicos. En mi opinión deberíamos esforzarnos por lo todo contrario: por entender, en la medida de lo posible, a dónde nos llevan esos gigantes (a veces, de tamaño bolsillo) sobre los que cabalgamos.

No debemos permitir que la frase de Clarke se convierta en “La tecnología es indistinguible de la magia, y no sabemos dónde está el truco”.