En la era de la comunicación, los seres humanos nos constituimos islas con escasas ocasiones de convertirnos siquiera en penínsulas. El motivo de tan curiosa metamorfosis se encuentra en el desmesurado uso de la tecnología comunicativa –tremenda paradoja-. Ocupados en entablar conversación con los que tenemos a una distancia mayor de la que permitiría una charla cara a cara, nos empeñamos en ignorar a cuantos comparten nuestro mínimo espacio para representar una imagen tan desoladora como inquietante. Hoy en día, quienes intentamos al menos transitar por el mundo con mirada activa, el simple y común acceso a los andenes del metro se nos ha convertido en una obligada tarea de reflexión.

Cómo sustraernos a meditar sobre el espectáculo siniestro de decenas de personas mirando a sus pantallas y tecleando como posesas, sin advertir siquiera quién se coloca a su lado; cómo evitar el negativo impacto de tanta indiferencia a tu propia presencia; cómo asumir, no ya el olvido, sino la total inadvertencia de tu ser, incapaz de generar el más mínimo efecto en los otros; cómo lidiar con las indeseables consecuencias que, sin duda, se derivan de esta nueva y autista forma de convivencia, ¿o tal vez debería decir de no-convivencia?

No es necesario insistir en la imagen, tan cotidiana en las grandes ciudades. Los individuos deambulan y esperan conectados a sus dispositivos de manera permanente. Es escena ordinaria las enloquecidas figuras de enfáticos transeúntes que elevan sus voces y gesticulan sin advertir la ineficacia de sus esfuerzos comunicativos, pues nunca llegarán a ser percibidos por sus ocultos destinatarios. Esos enormes afanes de tantos emisores nunca llegarán a sus receptores, y se pierden entre las exiguas y atónitas miradas de perceptores visuales a quienes no van dirigidos, como tampoco las palabras a las que pretenden amplificar.

Esta especie de esquizofrenia comunicativa inunda nuestro mundo, repleto de contenidos inabarcables y frío vacío de verdaderos contactos humanos. Nuestra humanidad se diluye con rapidez y, abandonando nuestras almas, desaparece en el éter de las ondas.

Es necesario y urgente tomar conciencia de esta adversa situación para impedir las consecuencias indeseables del mal uso de una tecnología muy loable.

Cuando los alumnos de secundaria confiesan a los profesores que no pueden hablar con sus padres porque siempre están conectados a sus móviles; cuando estos mismos alumnos declaran que jugar más de seis horas seguidas a videojuegos no representa para ellos ningún problema de adicción; cuando los padres prefieren pasar las horas por las redes sociales en lugar de escuchar y atender a sus retoños; cuando estos mismos retoños confiesan que su ideal de ocio es meterse en la cama con su dispositivo y ver series durante horas es que algo va mal.

En efecto, hemos implementado el uso masivo de una tecnología sin calcular los efectos perniciosos de su utilización incorrecta. Sin embargo, huyamos del lamento y busquemos la manera de revertir esta lamentable situación.

Es necesario recuperar el sentido común perdido y darse cuenta de que transitamos por caminos muy peligrosos. Intentamos inculcar valores éticos a nuestros hijos y alumnos con el importante objetivo de hacer posible la convivencia, pero cuando la convivencia no existe, resulta muy difícil comprender la necesidad de aprender a aplicar a nuestras absurdas conductas esas justas cualidades. Hablar de empatía, generosidad, respeto, tolerancia, sinceridad, honradez o solidaridad solo tiene sentido cuando existe el reconocimiento de la alteridad. Hablar de la importancia de la inteligencia emocional para conocernos y propiciar el autocontrol no es significativo cuando la vida transcurre conectado a una máquina sin reconocer la anomalía de dicha conducta.

En su ensayo titulado La expulsión de lo distinto, el filósofo coreano Byung-Chul Han mantiene la interesante tesis de que los nuevos tiempos han propiciado la desaparición «del otro» y la propagación de «lo igual», un fenómeno que se traduce en una patología social propiciada por una serie de excesos a los que nos han conducido el neoliberalismo y la utilización acrítica de las posibilidades que el desarrollo tecnológico ha puesto a nuestro alcance: la comunicación, la información, la producción, el consumo, actividades todas elevadas a la máxima potencia, son los nuevos agentes patógenos de la estrenada dolencia que aqueja a nuestra sociedad, los recientes y flamantes elementos nocivos que provocan asimismo inéditas consecuencias. Si en épocas anteriores fueron la alienación, represión y prohibición las principales causas de malestar social, en la actualidad la inflación comunicativa, informativa, productiva y consumista constituye la nueva génesis de dos males muy concretos: la depresión y la autodestrucción.

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El lúcido análisis de Han subraya que cuando el ser humano abandona la mismidad, pierde su diferencia con lo distinto y la tensión dialéctica que ello genera gracias, precisamente, a la negatividad de lo distinto; en su lugar, prolifera lo igual, lo amorfo y lo indiscernible.

Han afirma que la interconexión y comunicación totales no supone el encuentro con otros y, para dejar constancia de la validez de su afirmación, desarrolla una interesante serie de oposiciones que ponen de manifiesto las sustanciales diferencias entre los, en apariencia, similares, si no idénticos, conceptos que conforman cada una de las antítesis. La información dice el filósofo no es lo mismo que el saber; el pensamiento no es el cálculo; la eliminación de la lejanía no es la cercanía; la pornografía no es erotismo; lo global no es lo universal; la diversidad no es alteridad; la singularidad no es autenticidad; la mercancía no es el objeto; el placer visual no es la mirada; el ruido de lo igual no es la voz del otro. Se trata de una sucesión de binomios donde el primer término de cada uno hace referencia a lo que hoy ocupa el lugar de lo que antaño estaba ocupado por el segundo, es decir, que donde antes hubo alteridad hoy solo hay diversidad; donde antes hubo objeto, ahora nada más hay  mercancía, etc.

La sociedad actual para Han también ha perdido cualidades indispensables para un correcto y sano desarrollo humano. Así, según el filósofo, la sociedad del «me gusta» ha perdido la extrañeza sin permitir ya el asombro; el prójimo no es más que el espejo en el que uno se refleja; ahora se compite por la atención. La existencia de la que hablaba Heidegger, con su poder infatigable de poder ser sí mismo, ha dado paso al sujeto cansado de sí mismo a causa de las relaciones neoliberales de producción; además, el sujeto, forzado a aportar rendimiento, está desvinculado por completo del otro; lo que otrora fue el otro, enigma y misterio, hoy no es más que el otro sometido a la teleología del provecho, del cálculo económico y de la valoración; el otro, convertido en objeto económico, se vuelve transparente y pierde su reserva. Al extinguirse toda dualidad, uno se ahoga en sí mismo. Hoy habitamos el escenario de lo uno. El progresivo narcisismo de la sociedad impide escuchar; escuchar significa para Han afirmar al otro en su alteridad; y el ego no es capaz de escuchar. La comunicación digital propicia una comunicación expansiva y despersonalizada que no precisa interlocutor personal, mirada ni voz. La escucha tiene una dimensión política; la politización significa la transposición de lo privado a lo público, pero hoy, dice Han, la esfera pública se desintegra en esferas privadas. Internet no es otra cosa que una caja de resonancia del yo aislado.

En definitiva, para Han los medios de comunicación digital han hecho desaparecer la distancia, ya no existe ni proximidad ni lejanía, pero, a cambio, nos han privado de la capacidad de pensar en el hombre que está lejos y de tocar a un hombre que está cerca. Por todo ello, concluye el filósofo, es necesario llevar a cabo una revolución temporal que inicie un tiempo diferente por completo: el tiempo del redescubrimiento del tiempo del otro. Vivimos una crisis temporal que nada tiene que ver con la aceleración, sino con la totalización del tiempo del yo, un tiempo malsano que nos aísla, nos individualiza y, lo que es peor, nos deprime y destruye.

La lectura del ensayo de Byung-Chul Han dota de sentido muchas de las imágenes actuales, y anima al lector consciente de las dificultades que atraviesa el ser humano de nuestro tiempo a trabajar por la recuperación de las extraordinarias facultades humanas capaces de convertir un conjunto de individuos en una comunidad, donde los valores éticos recuperen su función de armonizar las libertades individuales con las de los demás y la convivencia vuelva a ser posible. Recuperemos el interés por el otro, hagamos que la negatividad de la alteridad vuelva a reemplazar la positividad de lo igual y recuperemos nuestra capacidad de tocar y escuchar, abandonemos nuestras burbujas y volvamos a construir el espacio público donde sea de nuevo posible la política.

La imagen de los andenes del metro de los que hablaba al inicio no es otra cosa que la amarga metáfora de un tiempo que es preciso revertir. Pongámonos inmediatamente a ello.