A Elon Musk no le gusta hacer las cosas si no son a lo grande. Aunque muchos le consideran un visionario adelantado a su tiempo, algunos de sus mayores logros (y del increíble equipo de personas que trabajan con él), como el aterrizaje vertical de cohetes o la propuesta de mover trenes dentro de tubos de vacío (el famoso Hyperloop), llevan años discutiéndose en empresas, agencias espaciales y diversos círculos ingenieriles (a pesar de parecer sacados de filmes de ciencia-ficción de los 60). Incluso los coches eléctricos, con Tesla a la cabeza y llamados a revolucionar la industria del transporte, ya eran populares casi un siglo antes de que Henry Ford los borrase del mapa (más debido a las bondades de la producción en masa que a que los coches de gasolina fuesen realmente superiores).

De ahí que el mayor éxito de Elon sea, quizá, simplemente atreverse a hacer lo que nadie, o muy pocos, han hecho antes. Aunque hoy en día lanzar un satélite pueda parecer algo rutinario, siguen siendo muy pocos los que pueden contar con ese hito a sus espaldas… de hecho, a lo largo de toda la historia de la humanidad, solo se han colocado en órbita unos 8.000 satélites artificiales (de los que solo 2.000 permanecen activos), ¿el plan de Elon? Triplicar ese número.

Esta semana la FCC, encargada de regular aplicaciones comerciales de las telecomunicaciones en estados unidos, terminó de aprobar una red compuesta por 12,000 satélites, conocida como Starlink, que pretende proporcionar internet de súper-alta velocidad a todo el planeta. La idea para el Starlink surgió allá por 2015 como una fuente de financiación para el desarrollo de la infraestructura necesaria para que SpaceX pudiera lanzar “ferries” entre la Tierra y Marte de forma continua. Musk incluso llegó a sugerir que esta red de satélites podría ampliarse hasta alcanzar Marte, como una especie de cordón umbilical de datos, capaz de proporcionar internet a futuros colonos. A pesar del conocido fracaso de otras redes de comunicaciones por satélite, como Iridium, documentos internos de SpaceX filtrados en 2017 sugerían que la empresa esperaba que el beneficio del Starlink superase en 6 veces el beneficio de sus servicios como empresa de cohetes. ¿Por qué este negocio genera tanto dinero? La razón es doble: en primer lugar, el Starlink podría llevar internet a los 3,200 millones de personas que a día de hoy no tienen acceso a internet (de forma parecida a los intentos por parte de Google o el difunto proyecto Aquila de Facebook). En segundo lugar, el acceso a una red de mayor velocidad es altamente codiciado por el sector financiero, ya que incluso diferencias del orden de milisegundos en la información que llega a los algoritmos de trading pueden suponer una grandísima ventaja competitiva.

La clave de esta red es que las comunicaciones satélite a satélite pueden hacerse más rápidamente (siempre que estos satélites puedan “verse” en sus órbitas) que a través de los enormes cables de fibra óptica por los que fluye internet a día de hoy. El problema es que para evitar retrasos en la señal dichos satélites deben estar colocados en órbitas muy bajas, por lo que es necesario una enorme red para poder cubrir toda la superficie terrestre. ¿Cómo de grande? La UCL nos muestra en el siguiente video el tamaño y extensión de la red:

Por supuesto, montar tal obra de ingeniería no es en absoluto fácil. Dada la baja altitud de los satélites, estos sólo podrían mantenerse en una misma trayectoria entre 5 y 7 años, dado que la fina capa de atmósfera que aún existe a esas alturas se encargará de ir frenándolos hasta que no puedan permanecer en órbita. Dada la corta vida útil de cada satélite, es importante que la red esté operativa cuanto antes. En su configuración más básica, la red se compondría de unos 1,600 nodos, lo que requeriría del lanzamiento de varios satélites al día durante varios años para completarla, o lo que sería equivalente, el lanzamiento de un Falcon Heavy cada 6 días durante un año.

A pesar de todas estas dificultades, es posible que durante la próxima década asistamos a la aparición de nueva plataforma para la red (un poco más mainstream que la “Dark Web”): la Musk Web.

Una de las piezas clave de todo esto podría ser el cohete anteriormente conocido como BFR: Big Falcon Rocket (la palabra Falcon es intercambiable por otras), con el que el número de lanzamientos necesarios para completar Starlink se reduciría casi a la mitad; este cohete no solo sería el mayor construido por una empresa privada, sino que casi triplicaría la capacidad de carga del Saturno V (utilizado para las misiones Apollo) y por lo tanto sería el mayor cohete construido jamás. La otra gran noticia de esta semana tiene que ver con esta musktruosidad, y es que el propio Elon ha anunciado que la segunda etapa de este cohete ahora pasa a llamarse “Starship” o Nave Estelar. Según como se vea, este cambio puede ser otro homenaje a la era dorada de la ciencia-ficción en Hollywood o, si nos fiamos de twitter, un homenaje a Nicky Minaj.

Como ya es habitual, este anuncio ha generado un enorme revuelo entre los seguidores de Elon en twitter. Un usuario avispado ha puntualizado que, a no ser que el vehículo vaya a ser lanzado a otra estrella, no debería tener este nuevo nombre. Por supuesto, Elon no se ha quedado corto respondiendo: “Futuras versiones lo harán”.

No sabemos si se trata del último ejemplo de “Elon Time” (el tiempo subjetivo de Musk en el que todo suele ocurrir mucho antes de lo que es humanamente posible), aunque parece poco probable que un cohete basado en combustión química pueda llegar a las estrellas más cercanas… Si hay que apostar, nuestro dinero está en el Starshot de Stephen Hawking.