Una de las conclusiones a las que llegué en mi paso por CC. Políticas en la UCM es que Verstrynge estaba loco. Un día en clase, extasiado por su explicación, y como si se tratara de un médium al que le susurran La Verdad, empezó a garabatear con tiza la puerta del aula para apoyar y hacer más comprensible la lección que daba en ese momento. Debía ser que la inspiración se encontraba justo ahí, en aquella puerta, y no a unos metros en la pizarra destinada para tal fin. A pesar de este tipo de espectáculos y de sus bandazos ideológicos creo que, con todo, fue un buen profesor. Una de las teorías que le escuché que me pareció más interesante, y que me sirve ahora de base para este artículo, es la que sostiene que el Estado del Bienestar europeo, o el New Deal americano, era una concesión realizada por los gobiernos de las sociedades capitalistas hacia su clase obrera para frenar el comunismo a nivel interno. Caída la URSS, el modelo político alternativo con el que se competía, las concesiones realizadas dejaban de tener sentido. Y en esas estamos, la socialdemocracia sin levantar cabeza desde años y el Estado del Bienestar en retroceso constante. A pesar de los avances tecnológicos que se han producido en las últimas décadas y del aumento de la riqueza, los sistemas de bienestar y los derechos sociales conquistados son, de repente, insostenibles. Se introduce en el debate público los mantras de la austeridad, la escasez, el vivir por encima de nuestras posibilidades para dinamitar cualquier vestigio de socialismo, por tímido que resulte

Según esta hipótesis, la ausencia de modelo ideológico alternativo, obviando al Islam, provoca que el sistema capitalista se manifieste o tienda a manifestarse hasta sus últimas consecuencias. Por utilizar la metáfora, el muro de Berlín, además de frontera geográfica, actuaba también como dique de contención del libre mercado. Ya no es necesario corregir la desigualdad porque no supone un problema. Si las vidas de las personas desfavorecidas mejoran en modo alguno es gracias al avance científico, colateralmente, no por voluntad política.

Esta radicalización por incomparecencia del rival, que a nivel político y económico se expresa en Margaret Tatcher, la Escuela de Chicago y todo lo que ha venido después, tiene de algún modo, y aquí va la hipótesis del artículo, su correspondencia en la ficción audiovisual norteamericana.

En 1975 un combate de boxeo entre Charles Wepner y Muhammad Alí por el título mundial inspira a un todavía desconocido Sylvester Stallone a escribir el guión de una de las películas más míticas de los años setenta. El combate, que había sido pactado previamente con George Foreman cuando todavía era campeón, es aceptado después por Alí, que acababa de arrebatarle el título en el mítico combate de Zaire, y del que da habida cuenta el magnífico documental Cuando éramos reyes. Se cristalizaba así la única y última oportunidad de competir por el título mundial de un boxeador de 37 años de edad en el ocaso deportivo y que se ganaba la vida mediante combates de poca monta en clubes de aficionados.

Al igual que en la película, las apuestas están en contra del aspirante 37 a 1. Alí está en la cima de su carrera profesional y Wepner es un boxeador prácticamente desconocido para el gran público. No obstante, contra todo pronóstico, en el noveno asalto Wepner asesta un gancho que hacer caer a Alí a la lona. El boxeador del que todo el mundo espera una derrota consigue tumbar al mejor de todos los tiempos. Imagínense.

No acaba ahí su proeza, cuando Alí herido en su orgullo contraataca, Wepner  resiste espectacularmente sus golpes hasta casi el final del combate. Tiene la cara totalmente hinchada de los golpes y no ve. El árbitro que lo sospecha le pregunta en su esquina cuantos dedos ve. Totalmente ciego, Wepner responde tres, gracias a tres pellizcos de su preparador. Finalmente, pierde por K.O. técnico a 19 segundos de que suene la campana.

Aunque Wepner no consigue el sueño de convertirse en campeón mundial su combate hace soñar a todos. Es sin duda el ganador moral del combate. Stallone se da cuenta del potencial evocador de la historia y de inmediato se pone a trabajar en el guión de La calle del Paraíso, que más tarde pasaría a llamarse Rocky. No fue su única inspiración, por aquel entonces él mismo pasaba grandes apuros económicos, apenas era un actor conocido que participaba de vez en cuando en papeles cortos en películas poco relevantes. Al igual que Wepner no había alcanzado el éxito profesional en su carrera, sin embargo, tenía un sueño y creía que América era la tierra de las oportunidades.

Si en lo deportivo estaba claro que Wepner era la inspiración de Rocky Balboa, en lo aspiracional era el propio Stallone quién nutría el personaje.

En los primeros minutos de metraje de la película se nos presenta un personaje que malvive de combates de boxeo, que se ve obligado a trabajar para un prestamista y del que todo el mundo se ríe. A pesar de que todo lo que dice inspira sensatez e inteligencia, su bondad infinita y la apariencia de bruto hace que nadie le tome en serio. Rocky encaja las burlas con el mismo estoicismo que los golpes en el ring. Aunque en muchos casos puede recurrir a la violencia, no lo hace. Pasada media hora de película es inevitable no quererle, imposible no empatizar con él. Es un ejemplo cercano de una buena persona que se siente estafada y a la que la vida ha tratado de forma injusta. El sufrimiento del espectador queda aliviado cuando Apolo Creed, que hace las veces de Alí, decide pelear con él.

Cuando Rocky recibe la propuesta su primera respuesta es negativa, en su habitual humildad aduce que no es un buen rival para el campeón. El manager de Apolo al escucharle le dice para convencerle:

– Rocky ¿usted cree que América es la tierra de las oportunidades?

– Sí

– Apolo también lo cree y se lo demostrará al mundo permitiendo que un completo desconocido luche por el título mundial. Rocky, ese desconocido es usted. Es su gran oportunidad.

Desconozco hasta qué punto los millones de espectadores que han visto Rocky captan su mensaje político, incluso si después de leer esto consideran que este es tal. Aparentemente, se trata de una historia de superación personal sin más, una especie de David contra Goliath adaptado a los tiempos modernos, sin embargo, diálogos como el citado salpican todo el guióFn transmitiendo la idea de que su sueño es posible gracias a que Rocky vive en América.

La idea de sueño americano, que plasma perfectamente Rocky, propone que cualquier ciudadano americano, con independencia de su origen, puede lograr con esfuerzo y determinación los objetivos de vida que se proponga. Claramente, la idea del sueño americano en general, y de Rocky en particular, es un mensaje de esperanza que se dirige a la gente pobre, tratando de convencer de que el ascenso social es posible, que está a su alcance.

Si a nivel económico el Estado del Bienestar era la cara amable que seducía a la clase obrera para contrarrestar el comunismo, el sueño americano actuaba de forma paralela en el plano ideológico.

Aunque Rocky introduce un mensaje que transforma un problema social como la pobreza en una cuestión de responsabilidad individual, lo hace desde una perspectiva un tanto ingenua. Si algo la diferencia de la ficción actual es, sobre todo, la bondad que se refleja en el personaje. Rocky alcanza sus metas con gran sacrificio pero sin dejar de ser una buena persona. La película dulcifica el sistema, en la medida en que el éxito se alcanza sin que exista reprobación moral posible al personaje.

Ahora sin embargo en la ficción norteamericana predomina la presencia de psicópatas que se salen con la suya sin ningún tipo de condicionamiento moral. Aquí van algunos ejemplos: Tony Soprano, Frank Underwood, Heisenberg, etc. En Breaking Bad  quiero centrar el análisis puesto que, al igual que Rocky, las peripecias de Walter White arrancan de la necesidad económica y ambas narran el ascenso de sus protagonistas en las empresas que se proponen.

Breaking Bad, que se traduce al castellano como volverse malo, narra la historia de Walter White, un profesor de química de instituto que, al ser diagnosticado de un cáncer de pulmón, decide empezar a cocinar y vender metanfetaminas para asegurar en el futuro el sustento económico de su familia. Acaba de dejar embarazada a su mujer, su hijo mayor sufre una discapacidad y su sueldo como profesor y lo que gana trabajando en un lavadero de coches por las tardes son las únicas fuentes de ingresos de la familia. Es muy consciente de que su muerte deja una situación muy complicada para sus seres queridos, por eso, necesita conseguir mucho dinero en muy poco tiempo y la única manera que tiene de lograrlo es la mencionada actividad delictiva. Para conseguir  los objetivos que se plantea embauca a Jesse Pinkman, un antiguo alumno que pierde sus días como camello de poca monta y consumidor habitual de meta. A partir de ahí, observamos como el personaje de Walter, o Heisemberg, el seudónimo que utiliza en su doble vida, se va envileciendo poco a poco, conforme va ganando dinero sus decisiones son cada vez moralmente más cuestionables (desde no asistir al nacimiento de su hija por cocinar meta hasta dejar morir a la novia de su mejor amigo y socio).

La metáfora de Breaking Bad sobre el capitalismo es obvia. A medida que su situación financiera mejora, su salud lo hace también misteriosamente.  La calidad del producto es tal que, en poco tiempo, consigue amasar el dinero suficiente para su propósito inicial. Tanto es así, que en una de las temporadas decide retirarse, sin embargo, el cáncer vuelve a agravarse. Su organismo plantea la siguiente dicotomía: Capitalismo o muerte. Dejando aparte la semejanza con el dinero del predominante color verde en la vestimenta de Heisenberg.

Al igual que en Rocky, la necesidad económica es el punto de arranque de la historia y la superación individual, a través de esfuerzo y determinación, es la manera de solucionarla. A pesar de que comparten el mismo enfoque entre ambas ficciones existen grandes diferencias. Si bien Rocky podía permitirse el lujo de alcanzar el éxito sin dejar de ser una buena persona, Breaking Bad muestra que para alcanzarlo es necesario mancharse las manos.

El sueño americano, de repente, se torna en pesadilla. Ya no es necesario dar ese barniz humano al sistema. Esto es lo que hay. Desde que iniciara su mandato Donald Trump ha propuesto alzar un muro en la frontera con Méjico y ha aprobado medidas que limitan la entrada de extranjeros en el país contradiciendo de este modo la idea de América como tierra de las oportunidades, y Kim Kardashian, una mujer que ha nacido y probablemente morirá rica, ha aparecido en público con una sudadera con la hoz y el martillo de 740 dólares.

Desconozco qué significa la hoz y el martillo en esa sudadera, ni qué mensaje pretende transmitirnos Kim al llevarla. Lo que sí parece es que este símbolo ha perdido uno de los significados que tenía: que los pobres podían suponer un riesgo para los privilegios de los ricos.