Soy una de esas personas que podría decir que, sea lo que sea, lo soy gracias a internet. Habiendo crecido como un inmigrante ilegal en España, me vi obligado a dejar los estudios mucho antes de lo que me habría gustado y para cuando regularicé mi situación había alcanzado una edad a la que me parecía una perdida de tiempo (o tal vez solo me daba vergüenza) retomar los estudios, así que empecé a trabajar antes de lo que me habría gustado. A partir de ahí, todo lo que aprendí lo aprendí por mi cuenta. Y no habría aprendido ni la mitad de la mitad de lo que sé si no llegar a ser por internet.

Es cierto que leía muchos libros, me enganché pronto a los documentales y tuve mucha suerte con mis amistades, pero no fue hasta que me puse internet en casa y pude navegar gratuitamente cuando empecé a aprender de verdad. Por suerte aprendí inglés en los pocos años que estuve en el colegio y todos sabemos que ese es EL idioma de internet, con permiso del chino. Muy pronto me vi abarcando un conocimiento al que jamás habría llegado de otra forma. Sin llegar a ser un erudito, internet me había salvado de una brutal ignorancia. Sin embargo ahora, en 2019, estoy cada vez más decepcionado con ella.

El fin de la historia: millennial edition

Para mi generación y las que la siguieron, internet fue lo que la caída del muro de Berlín fue para los baby boomers: el fin de la historia. Tuvimos la ilusión de que finalmente viviríamos en un mundo más abierto, tolerante, cosmopolita e ilustrado en el que los conocimientos, las experiencias y los sentimientos de unos servirían al resto para enriquecernos, unirnos y comprendernos mejor, dejando atrás el racismo, la intolerancia, la guerra de sexos, la xenofobia y todos los defectos humanos. Puedes leer ese último párrafo con música de John Williams de fondo.
Plot twist: para nada, colegui.

Ese acceso infinito a la información, sin filtro, ni control editorial, sumado a la posibilidad de crear otro tanto contenido sin filtro, ni control editorial, ni código deontológico de ningún tipo (como el que estoy creando yo ahora mismo, ojo) no nos ha hecho, en muchos casos, ni más tolerantes, ni comprensivos, ni fraternales, ni empáticos con el resto, sino todo lo contrario.

Vivimos una era de polarización desmedida. En Estados Unidos una encuesta asegura que el país vive unos índices de polarización similares a los de la Guerra de Vietnam, mientras que los resultados de las pasadas elecciones generales en España dejaron un mapa similar al de las elecciones del 36. ¿Pero cómo es posible que hayamos llegado a este punto cuando ahora, por fin, todos estamos conectados y podemos compartir nuestra realidad sin intermediarios?

La paradoja de la infoxicación

Ya en 2011 Sergio Fanjul escribía en El País un artículo al respecto, recogiendo el neologismo de Alfons Cornellá para referirse a la sobredosis de información a la que vivimos expuestos y que nos impide digerirla.

“la entrada constante de información, en un mundo always on (siempre encendido), te lleva a no tratar ninguna información en profundidad. (…) El fenómeno se desboca cuando todos pasamos a ser productores de información, y cuando los instrumentos para producirla son mejores que los instrumentos para organizarla y buscarla. Todos sabemos usar un procesador de texto, pero pocos saben buscar información de calidad con criterio”

Por aquel entonces pocos se dieron cuenta de los primeros síntomas, pero era más difícil aun predecir los resultados. Este maremágnum de información ha sobrepasado tanto nuestras capacidades de lidiar con él que, de alguna manera, ha transformado el tejido social y en muchos casos para peor.

Pensábamos que a mayor información, mayor conocimiento, mayor libertad. En cambio nuestra libertad se ha enganchado a un flujo infinito de información, en la mayoría de los casos irrelevante, cuando no falsa o mal contrastada, con titulares engañosos para hacernos pinchar en una noticia que dejamos a medio leer porque nos ha saltado la notificación de un like a una foto que hemos puesto en Instagram, que seguidamente nos sumerge en una madriguera de scroll infinito en el que nos perdemos durante media hora viendo fotos que, en el mejor de los casos nos parecen bonitas, casi nunca nos importan y en el peor nos deprimen.

Esta obra define con una frase la era Instagram:
“El infierno es un scroll infinito de cosas bellas”.
Artista: @Tuchi_Studio

Una secuencia de pseudoinformación barra entretenimiento que nos hace perseguir la satisfacción en un entorno diseñado para dejarnos siempre insatisfechos, siempre con ganas de más. Lo importante es que nunca obtengas la sensación de haber leído, visto o escuchado suficiente como para salir de ahí. Es una película que no tiene final, un libro con infinidad de notas a pie de página pero sin conclusión definitiva. Todo al servicio de la economía de la atención.

Nada es gratis, tus ojos lo pagan todo

En The Attention Merchants, Tim Wu hace un recorrido histórico por la economía de la atención, desde el primer periódico de tirada local al momento epifánico en el que Google dio forma a su modelo de negocio gracias a Google AdWords.

El modelo de negocio del todo gratis tiene poco de gratis. Lo pagamos con datos, patrones de conducta, atención y tiempo. El incentivo de las compañías que alojan el contenido, ya sea una red social, un medio digital o una plataforma de streaming, es el engagement.  Cuanto más tiempo pases en ellas más felices serán sus inversores, sin importar si ese tiempo te aleja de tus objetivos, de pasar tiempo con tu familia o descansando por la noche.

Para conseguir comprometerte con sus plataformas usan a los mejores psicólogos, economistas conductuales y, literalmente, trucos de magia  para conocer mejor cómo funciona nuestro cerebro y hackearlo. Tristan Harris, el ex-diseñador de Google que ha alertado sobre esta manipulación a escala ha contado que el origen de su interés en el comportamiento humano empezó cuando, de pequeño, hacía trucos de magia a su familia y amigos. Se escandalizó cuando vio como esos mismo trucos de utilizaban para diseñar interfaces adictivos en las oficinas de las principales empresas tecnológicas.

Internet ha dejado de ser una red de intercambio de información y libre pensamiento para convertirse en una herramienta al servicio del *tomo aire y me preparo para lo peor* capital. Las plataformas que usamos están diseñadas para analizar nuestro comportamiento, nuestras preferencias, nuestras debilidades, nuestros círculos sociales… en fin, toda esa información que entregamos voluntariamente pero, en la mayoría de los casos, sin conocer las consecuencias reales de esa entrega.

Internet iba a ser un espacio libre descentralizado, pero ahora es un espacio digitalmente colonizado por monopolios de extracción de atención y datos con fines que desconocemos porque no hay transparencia y ningún gobierno les obliga a tenerla. Más bien al contrario, son los propios gobiernos, elegidos por nosotros (bueno, más o menos), los que las instrumentalizan para espiarnos y, en el peor de los casos, mantenernos controlados. Todos lo sabemos, o creemos saberlo, pero no podemos hacer nada porque ¿quién puede resistirse al último filtro de Instagram?

Trols, cancel culture y zascas

La primavera árabe nos hizo creer que Twitter y en general las redes sociales serían la herramienta definitiva para la liberación de los oprimidos. Spoiler: no lo son. Twitter no tiene ni idea de qué hacer. Por un lado tiene a gente enfurecida enviando mensajes de odio que hacen daño real a personas reales, mientras por el otro temen ser vistos como una herramienta de censura. Quieren combatir a los trols sin matar a los elfos pero las normas las ponen los orcos. Todo complicado. ¿Es que la gente no puede venir aquí a divertirse y ya está…?

Nace el block para poder protegernos de los trols pero con él llegan las cámaras de eco. No es necesario que me insultes, basta que tengas un opinión distinta a la mía para que te borre de mi mundo. Seguirás existiendo pero yo no te veré. ¿Felices los dos? Nope. El mundo se empieza a fraccionar. Nadie tolera una opinión diferente a la suya. La palabra del año no es “selfie”, ni “trap”, ni “Rosalía”. Es “fascista”.  Cualquiera que no opine como yo lo es.

Twitter empieza a cancelar cuentas y tuits que alberguen mensajes de odio, pero lo automatiza. Como sus IAs no distinguen entre una amenaza de muerte y que un colega le diga a otro que le va a matar si vuelve a pedir pizza con piña (que en mi república ideal se condena con la muerte) bloquea la conversación por si acaso. Fascistas. Si en cambio no bloquea una conversación claramente ofensiva porque no incumple los términos y condiciones, también fascista. Es un callejón sin salida del que curiosamente nadie quiere salir. La gente de Twitter no está en Twitter a pesar del odio, está por él. Son los dos minutos de odio de 1984 pero al alcance de tu mano 24 horas al día, 365 días al año, 366 si es bisiesto. El odio no descansa.

La creación automatizada de filtros burbuja y cámaras de eco provocadas por la personalización individualizada de nuestros resultados de búsqueda y feeds de noticias nos aíslan en laberintos de espejo que reproducen la ilusión de una realidad a medida. El otro no es tu amigo y nadie se considera el otro.

¿Os acordáis de que al principio de este post larguísimo hablábamos de cómo internet sería ese sitio donde unirnos y respetar nuestras diferencias? Pues a la mierda, porque Twitter no tiene un botón que diga, “me gusta tu verificación de datos” o “has expresado muy bien tu punto de vista y sin insultar ni humillar al contrario”. Tiene likes y retuits. Facilito. Y ¿qué da más likes y más retuits? Insultar y humillar públicamente al contrario. Nace la cultura del zasca.

La cancelación de celebrities hace que las menos arriesgadas ni se molesten en pronunciarse políticamente. “El mal querer” de Rosalía es un disco absolutamente feminista pero no la verás mojándose demasiado en redes. Su carrera está subiendo meteóricamente y ha conseguido salvarse de las acusaciones de apropiación cultural. No necesita otra guerra. Hemos convertido nuestro entorno de libertad utópica en un tribunal político y moral abierto día y noche con millones de funcionarios que dictan sentencia mientras comen Cheetos y miran Gran Hermano en la pantalla de al lado.

¿Y ahora qué?

Cuando monté Rewisor me puse una condición para cada post que publicáramos: teníamos que ayudar a encontrar soluciones a los problemas que señalásemos. El mundo está ya bastante cargado de negatividad y críticas a un sistema imperfecto, pero no hay mucha gente dando visibilidad a las soluciones. Yo no quiero ser el que apaga la música de la fiesta y se pone a llorar, prefiero poner otra playlist.

Internet sigue pudiendo ser lo que queríamos que fuese, pero tenemos que conocer el terreno en el que jugamos. Ni Instagram, ni Google, ni Facebook, ni tan siquiera la world wide web “son” internet. Hay mucho más que eso. Twitter no será el espacio digital de revolución social que nos pensamos que sería, pero hay un hacktivismo verdadero llevado a cabo por activistas digitales en la deep web. Descárgate TOR con cuidado. No solo hay drogas y tráfico de armas en la deep web.

Tristan Harris y el Center for Humane Technology están intentando cambiar el sistema desde dentro reuniendo a algunos de los líderes tecnológicos que se han cansado de jugar este juego y ven la necesidad de cambiar el patrón por el bien global. En España Marta Peirano, autora de “El enemigo conoce el sistema”, está liderando la conversación, advirtiendo sobre la necesidad de exigir un uso ético de nuestros datos, tanto desde el movimiento ciudadano como desde los organismo públicos.

Mar Cabra, ganadora del Pulitzer por los Papeles de Panamá, está intentando alertar sobre el mal uso de la tencología y los pasos que podemos dar para utilizarla conscientemente y para mejorar, no para depender de ella.

No soy un ludita, ni un tecnófobo, soy un optimista escéptico en todo caso y creo que el escepticismo y la crítica, especialmente la autocrítica, de hecho, son las mejores herramientas que tenemos.