Cuando inicias Detroit: Become Human por primera vez sientes que estás a punto de experimentar algo nuevo, no sabes el qué… pero la sensación está ahí.
Jugar a Detroit es no poder parar de pedirle a tu pareja que por favor mire a la pantalla, que no se puede perder lo que está sucediendo (como si de la mismísima “Boda roja” se tratase), pero sobre todo explicarle que está pasando gracias a ti.
Jugar a Detroit es experimentar el poder, el poder de decidir si vives o mueres, si corres o ayudas, si confías o atacas.
Detroit es una autentica lección de vida.
Desde el primer minuto percibimos los múltiples paralelismos con la sociedad actual y con nuestro pasado más reciente, como puede verse a la hora de viajar en el autobús, de pie en una zona exclusiva para “seres” como nosotros.

 

 
Algo que me ha sorprendido sobremanera ha sido ver como yo mismo iba cambiando según pasaban las horas de juego. Al principio aplicaba una lógica demasiado complaciente (sin yo ser consciente) ya que todavía no había empatizado lo suficiente con los Androides y pensaba eso tan nuestro: ¡No están tan mal, son Robots!
 
Pero según se iban sucediendo los acontecimientos mi balanza empezó a inclinarse hacia ellos. Las injusticias se sucedían y el dialogo parecía no ser suficiente, por lo que comencé a radicalizar un par de puntos mis decisiones con dos de los tres personajes que controlamos (decisiones que has de tomar en segundos, lo cual hace trabajar a tu cabeza a un ritmo vertiginoso sobre todos los posibles escenarios en que puede desembocar).
Finalmente alcancé la conciencia social necesaria para darme cuenta de que los Androides eran otro pueblo oprimido más, solo reclaman su libertad, pero, al igual que llevamos viviendo desde tiempos inmemoriales, el opresor se siente con derecho a decidir lo que es mejor para el oprimido.

Sobre ser un androide

Tras horas de “tira y afloja” uno de mis personajes (Markus) acabaría siendo visto como un terrorista por el gobierno y los medios de comunicación, pero con la empatía del pueblo llano y un líder a los ojos de los Androides . La diversión con Markus va in crescendo puesto que su comienzo es muy plástico pero un tanto insípido.
Lo contrario diré de Connor, posiblemente sea el más interesante al inicio del juego ya que está metido en el meollo desde que arranca la historia, pero según pasan las horas y tras una decena de elecciones (que ahora siento equivocadas), se convirtió en un perro de presa para Markus, llegando a tal punto que solté el mando en una cinemática interactiva de lucha para que no se defendiera y así intentar auto destruirme a mí mismo…
Detroit entra en tu lado oscuro también. Pero sin lugar a duda Kara es la parte que más me ha fascinado de está aventura.
Kara es una androide domestico propiedad de Todd Williams, un hombre muy inestable, con graves problemas de autoestima que derivan en un comportamiento agresivo hacia su hija Alice.
Es por este comportamiento que Kara despierta de su letargo y crea un fuerte vinculo,casi maternal, con Alice. Como os decía esta parte ha sido mi favorita. No solo por lo bonito de la historia, sino también por lo novedoso.
Si bien todo el juego nos aporta situaciones de lo más impactantes, es la de historia de Kara y Alice la que más realismo nos ofrece. Una pareja formada por “madre” e “hija” que intentan escapar de los horrores de su pasado en el peor escenario posible. Kara no es solo una fugitiva, es también una androide que debe ocultar su condición a los humanos para conseguir así su objetivo: llegar a Canada para ofrecerle una vida mejor a Alice.
Lo intentará a toda costa aunque su vida se vaya en ello. Por esto es que me ha fascinado su aparición, ya que en muchos videojuegos nos podemos ver en la piel de un líder revolucionario o de un policía de éxito, pero no acostumbramos a vivir situaciones como las de Kara y Alice.
Resumiendo: Detroit debería estar en todas las casas y si me lo permitís colegios. Es un juego que nos hará plantearnos nuestra propia actualidad y si realmente estamos dispuestos a cambiar nuestra forma de ser y pensar por un mayor bien común.
Y tú ¿Liberarías a tu Androide?