Greta Thunberg atravesó el océano atlántico para criticar lo contaminante que es viajar en avión. Las toneladas de queroseno que se queman para poder mantenerlos en el aire son responsables de un gran porcentaje de las emisiones de CO2 que se emiten cada año a la atmósfera. El sector es consciente de ello, es obvio, y por eso se están llevando a cabo distintas políticas para reducir esta contaminación, siendo la utilización de biocombustible una de ellas.

Las estimaciones dicen que para 2050 el número de vuelos aumente en un 70%, lo que supondría que el tráfico aéreo representase un cuarto de las emisiones totales que podremos emitir de forma segura si queremos no aumentar en 1,5 grados la temperatura media de la tierra. Objetivo a tener en cuenta si queremos dejar un planeta habitable a nuestros hijos, pero que parece muy difícil de cumplir.

Por este motivo, desde las altas esferas de la aviación saben que tiene que reducir las emisiones de los vuelos, ya que si hoy día son altamente contaminantes si no dejan de aumentar el número de vuelos podría suponer la perdición para este sector. No por las emisiones en sí, sino porque los gobiernos podrían atarlos en corto, tal y como ya se está planeando en Francia y otros países europeos a base de impuestos sobre los billetes, por ejemplo.

Y una de las grandes ideas que se les ha ocurrido a Sustainable Aviation -un gran conglomerado de aerolíneas de Reino Unido- es el cambio de combustible, pasando del queroseno al biocombustible, ya que se cree que es más ecológico porque contamina menos. Y eso no es verdad, no en términos absolutos.

El grupo afirma que el cambio a los biocombustibles reducirá la cantidad de dióxido de carbono lanzado a la atmósfera por lo menos en un 30% en 2050. El problema es que los biocombustibles pueden ser una fuente de carbono todavía más perjudicial que el queroseno.

Para que os hagáis una idea la palabra “biocombustible” es un término genérico que sirve para referirse a cualquier combustible fabricado a partir de material orgánico. Se pueden fabricar a partir de cultivos, madera o material de desecho que se convierte en biodiesel y bioetanol. Aunque la quema de biocombustibles libera carbono a la atmósfera – lo mismo que la quema de cualquier combustible – el supuesto beneficio de los biocombustibles proviene del hecho de que el carbono emitido fue absorbido por la materia orgánica a medida que crecía.

En teoría, esto significa que el carbono simplemente circula entre las plantas y la atmósfera, en lugar de ser liberado a la atmósfera después de permanecer encerrado bajo tierra durante millones de años.

El problema es que creer que porque los biocombustibles están hechos de plantas van a emitir o menos o que van a ser neutrales en carbono es una falacia. Aunque las emisiones directas de los biocombustibles son menores que las de los combustibles fósiles, la quema de suficiente biocombustible para generar un megajulio (MJ) de energía emite el equivalente a 39g de CO2, mientras que para los combustibles fósiles esa cifra es de 75,1g.

Y si a esto, además, le añades el costo del carbono del cultivo y transporte de biocombustibles, las cosas se vuelven mucho más complicadas.

“No se puede decir que esto es un biocombustible, por lo tanto, es cinco veces mejor o diez veces mejor”, dice Chris Chuck, profesor de ingeniería química de la Universidad de Bath. “Pero saben que los consumidores quieren oír eso.” Todo depende de cuán lejos se profundice en el coste real del biocombustible: cómo se fabrica y se transporta, y de dónde provienen los materiales utilizados. Cuando se tiene esto en cuenta, el biodiesel de los cultivos alimentarios emite un promedio de 1,8 veces más CO2 que los combustibles fósiles, que aumenta hasta tres veces más en el caso del biodiesel proveniente del aceite de palma.

Tanto es así que en 2017, un grupo de 177 científicos holandeses firmaron una carta abierta al gobierno para impedir que los biocombustibles elaborados a partir de cultivos alimentarios se incluyeran en la agenda de desarrollo sostenible de la UE, calificándolo de “falsa solución”.

Como vemos, la solución de las emisiones no pasa por usar biocombustibles y, sinceramente, tampoco sabemos cuál puede ser la fórmula perfecta que reduzca drásticamente la contaminación. El menor uso de aviones, la eficiencia del combustible, la utilización de renovables… Parece una mezcla de todas. Lo que está claro es que no hay una solución mágica que lo arregle todo.