Las decisiones humanas se vuelven morales en la medida en que afectan a otras personas. Tener en cuenta a los otros y asumir que el límite de nuestros actos conscientes y voluntarios se encuentra en no atentar contra la dignidad de nadie es algo que una máquina no puede hacer, entre otras cosas porque no tiene consciencia ni voluntad.  Esta carencia de la máquina plantea problemas difíciles, si no imposibles, de resolver, por cuanto es necesario programar la máquina para que actúe en todo momento de la manera más similar posible a como lo haría un individuo de naturaleza racional, o un ser autónomo capaz de dictarse sus propias leyes, si apelamos a los conceptos de persona de Boecio y Kant respectivamente. En realidad, tanto Boecio como Kant inciden en el rasgo más esencialmente humano, la racionalidad, esa capacidad de reflexionar de manera autónoma sobre las opciones que se nos presentan y elegir la mejor; y aquí entra otra de las características humanas por excelencia, la libertad.

Pero en el caso que nos ocupa, el de solucionar las decisiones que deberían tomar los vehículos autónomos —evidentemente, las decisiones que deberían tomar los programadores de los mencionados vehículos ante cada una de las posibles situaciones, porque los vehículos, es obvio, que no deciden, por mucha inteligencia artificial que lleven incorporada—, la cuestión se complica mucho, y ello porque en los hipotéticos escenarios en los que se plantean los dilemas ni siquiera un ser tan extraordinario como el humano, con su racionalidad, libertad, responsabilidad y autonomía sería capaz de hacerlo. ¿Acaso cuando estamos a punto de estrellarnos somos capaces de discernir? ¿Es posible decidir a quién llevarse por delante ante un accidente inevitable? Seguramente es el instinto de supervivencia lo que prevalece en un conductor humano y aquí el dilema no es tal. 

Ilustración: @Tuchi_studio

Plantear dilemas morales es un recurso didáctico empleado en las clases de filosofía para que los alumnos tomen conciencia de su jerarquía de valores. Y, en efecto, eso es lo que en realidad muestra el estudio, una jerarquía de valores morales, sin que ello resuelva el problema.

Durante la realización del juego, el individuo que lo realiza tiene tiempo de reflexionar y sacar a la luz la primacía de sus valores, pero no creo que se pueda afirmar que, de ser el conductor real, reaccionase de igual modo; y no solo porque en décimas de segundo sea imposible decidir si es mejor o peor dejar con vida a ancianos, niños, jóvenes, indigentes, ejecutivos o embarazadas, sino también porque, aun disponiendo de todo el tiempo del mundo, hay dilemas irresolubles.

La dignidad, el valor máximo de cada persona, es la misma en todos los seres humanos, con independencia de su edad, género, sexo, estatus o cualesquiera otros factores diferenciadores. Además, cualquier intento de justificar una elección, por lógica que nos parezca a simple vista, se desmorona desde un punto de vista ético.

¿Por qué habría de tener más derecho a vivir un niño que un anciano? Es sencillo responder en nuestro universo cultural, donde impera el valor de la juventud, que el anciano ya ha vivido y el niño tiene una vida por delante, pero nadie nos asegura que el anciano no sea el investigador que descubrirá la curación del cáncer y que el niño no será un futuro psicópata asesino en serie.

Ilustración: @Tuchi_studio

La moral tiene que ver con la costumbre, de ahí las diferencias relativas a la geolocalización que se observan en el estudio, es decir, que se producen coincidencias de elección determinadas por la cultura; a pesar de la mundialización, aún persisten claras influencias culturales. El trabajo al menos deja claro que no existe una moral universal

Ahora bien, la ética nada tiene que ver con la cultura. La ética, en cuanto que reflexión filosófica sobre la moral, no es permeable a la costumbre, a los usos, a las tendencias o a las modas. La ética es precisamente el pensamiento que analiza los comportamientos para determinar en qué medida son o no aceptables. Y en este sentido, la ética nunca se pronunciará sobre la primacía o prevalencia de una vida humana sobre otra.

Quizá, a lo máximo que puedan aspirar los estudios de este tipo sea a demostrar que siempre es mejor poner en peligro al menor número de personas posible.  

Catalina Aparicio Villalonga es Dra. en Filosofía y autora de un blog de relatos, mitología y feminismo.