Los experimentos nos ayudan a entender cómo las cosas, animales y personas funcionan o se comportan.

El MIT (Massachusetts Institute of Technology), lanzó un experimento del que acaba de publicar una de las 376 respuestas que recibieron de chicos y chicas menores de 18 años a la pregunta: ¿Qué es lo que los adultos no saben sobre mi generación y la tecnología?

El ensayo ganador, o el que el equipo del MIT consideró que expresaba mejor los sentimientos de un adolescente entre la tecnología y la generación Z, presenta una explicación muy clara y representativa de esta relación que tanto criticamos los adultos y, en general, nos molestamos tan poco en entender y conocer.

La carta abierta pertenece a Taylor Fang, una estudiante del último año de secundaria en Logan High School, Logan (Utah) en EEUU.

“Pantalla. Para ocultarse, protegerse, refugiarse. Esa palabra significa invisibilidad. Me escondía detrás de la pantalla. Nadie puede ver a través de la pantalla. La pantalla se oculta a sí misma: los sensores y láminas de vidrio y un leve resplandor en los bordes; ligera, más azul que un día de verano.

La pantalla también oculta a quienes la usan. Nuestros teléfonos son como extensiones de nuestros cuerpos, siempre nos atraen. Los algoritmos nos alimentan con imágenes. Las tocamos. Nos desplazamos por ellas con los dedos. Hacemos clic. Consumimos. Seguimos. Actualizamos. Nos reunimos en sitios solo para sentarnos en esquinas y navegar por Instagram. No podemos disfrutar de una puesta de Sol sin publicarlo en Snapchat. Ni mencionar la política de no usar el teléfono durante la cena.

La Generación Z busca sus derechos, está deprimida, sin rumbo, adicta y apática. O al menos eso es lo que los adultos dicen de nosotros.

Pero los adolescentes no usan las redes sociales solo para establecer conexiones sociales. Es algo más profundo. Las redes sociales se encuentran entre nuestras únicas oportunidades para crear y dar forma a nuestro sentido de identidad. Las redes sociales nos hacen sentirnos vistos. En nuestras “biografías” de Instagram, seleccionamos una línea de emojis que reflejan nuestras pasiones: esquiar, arte, debatir, carreras. Publicamos nuestros mayores logros y celebraciones. Creamos falsas cuentas “finsta” para compartir nuestros momentos diarios y nuestras vulnerabilidades con los amigos cercanos. Encontramos nuestras comunidades nicho de YouTubers.

Es cierto que el constante flujo de imágenes idealizadas de las redes sociales pasa factura: en nuestra salud mental, nuestra propia imagen y nuestras vidas sociales. Al fin y al cabo, nuestra relación con la tecnología es multidimensional: nos valida tanto como nos hace sentirnos inseguros.

Pero si los adultos están preocupados por las redes sociales, deberían empezar por incluir a los adolescentes en las conversaciones sobre la tecnología. Deberían escuchar las ideas y las visiones de los adolescentes sobre los cambios positivos en el espacio digital. Deberían indicar formas alternativas para que los adolescentes expresen su voz.

@DanielHehn

Lo he visto desde mi propia experiencia. Cuando tuve mi primera cuenta de redes sociales en secundaria (aproximadamente un año más tarde que muchos de mis compañeros de clase), principalmente buscaba encajar. Sin embargo, pronto descubrí la avalancha de me gusta y comentarios sobre mis fotos. ¡Mi vida importaba! ¡Mis fotos de pies importaban! ¡Mis filtros! ¡Mis historias! ¡Mis seguidores! No solo buscaba no validación, también una forma de representarme a mí misma. ¿Cómo quiero que me vean? En internet yo no estaba gritando hacia el vacío; por primera vez, me sentía muy visible.

No obstante, en el bachillerato, este ciclo de presentar versiones pulidas de mí misma se volvió agotador. Estaba cansada de sentir que me estaba perdiendo algo. Estaba cansada de añadirme a códigos sociales hipervisibles y tokens. En el décimo grado, ya solo usaba las redes sociales esporádicamente. Muchos de mis amigos pasaban por los mismos cambios y modificaciones de sus ideas sobre las redes sociales.

Para mí, la razón más importante fue que había encontrado otro camino de autorrepresentarme: la escritura creativa. Empecé a escribir poesía, seguía a poetas en Twitter (con poemas que sustituían las fotos y noticias en mi muro) y pasaba la mayor parte de mi tiempo libre garabateando en un diario al aire libre. No necesitaba tanto Facebook. Si usaba las redes sociales, era más por los divertidos memes.

Esto no quiere decir que cada adolescente deba empezar a crear arte. O que el arte resolverá todos los problemas de las redes sociales. Pero acercarse a la tecnología a través de una lente creativa es más efectivo que simplemente “crear conciencia”. En vez de reducir a los adolescentes a las estadísticas, debemos asegurarnos de que tengan la oportunidad de contar sus propias experiencias de manera creativa.

Por ejemplo, con los selfis. Para muchos adultos, los  selfis no son más que imágenes narcisistas que se transmiten al mundo general. Pero incluso un selfi que representa un mero “estuve aquí” tiene un elemento de verdad. Igual que Frida Kahlo pintó autorretratos, nuestras autofotos construyen una pequeña parte de lo que somos. Nuestros selfis, aunque unidimensionales, son importantes para nosotros.

En este momento crítico en la vida de adolescentes y niños, todos necesitamos sentirnos menos solos y sentir que importamos. Los adolescentes son menospreciados por no estar “presentes”. Sin embargo, encontramos la visibilidad en la tecnología. Nuestros selfis no son solo fotos; representan nuestra idea de cómo somos. Los adultos solo podrán entender cómo y por qué los adolescentes usan las redes sociales si se “replantean” la idea de selfi como un modo importante de auto-representación. Replantearse las cosas es el primer paso para empezar a escuchar las voces de los adolescentes.

Es decir, aunque suene aterrador, tenemos que empezar a escuchar a los desaliñados adolescentes que se atiborran a videojuegos en un sótano. Porque nuestra búsqueda del yo creativo no es tan diferente de la de las generaciones anteriores. Crecer con la tecnología, como ha hecho mi generación, consiste en cuestionarse constantemente a uno mismo, dividirse en multiplicidades, tratar de contener nuestras propias contradicciones. En Song of Myself, Walt Whitman dijo que se contradecía a sí mismo. El yo, dijo, es grande y contiene multitudes. Pero, ¿qué es la tecnología contemporánea sino un mecanismo para la contención de las multitudes?

Así que no debéis decirnos que la tecnología ha arruinado nuestras vidas internas. Decidnos que escribamos un poema. O un boceto. O que tejamos algo junto. O hablemos sobre cómo las redes sociales nos ayudan a dar sentido al mundo y a lo que nos rodea. Quizás los selfis no sean las representaciones más completas de nosotros mismos. Pero estamos intentando crear una identidad integrada de nosotros mismos. Nos esforzamos no solo por ser vistos, sino también por ver con nuestros propios ojos.”