Es oficial: 2018 ha sido el cuarto año más caluroso de la historia según han confirmado distintas investigaciones científicas.

Los efectos a largo plazo del calentamiento global empiezan a ser cada vez más palpables y a estar presentes en el día a día de los ciudadanos. Las grandes olas de calor, los cambios en los ecosistemas, las precipitaciones o las inundaciones condicionan el estilo de vida de todos los afectados por ellas y cada día serán un elemento más importante en la toma de cualquier decisión y la organización de la sociedad.

El Acuerdo de París de 2015 establecía que para evitar un “cambio climático peligroso” era necesario fijar un límite del calentamiento global muy por debajo de los 2º C y para ello es necesario reducir a la mitad las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero antes de 2030.

A pesar de que el 2018 no establece un nuevo récord, mantiene una tendencia que conduce al incremento de la temperatura planetaria y que supera en 1’5º C a la media de hace menos de medio siglo. Los 20 años más calurosos de la historia se han dado durante los últimos 22 años.

Por todo esto, el cambio climático y sus consecuencias son ya una realidad clara hasta para los que algún día, motivados por intereses personales o puede que por el terraplanismo, se empeñaron en negar las evidencias científicas. Por supuesto, la confirmación global de este problema provoca diferentes reacciones.

La actitud más esperada ante una situación límite como esta es la combativa, la de los activistas medioambientales que se enfrentan con uñas y dientes ante la previsión del apocalipsis: salen a la calle con sus pancartas, se atan a árboles, se cuelgan de edificios, de grúas, de buques o monumentos, intentan poner bombas… Sí, bombas, hay extremos en esta historia, porque proteger el planeta no es solo una tarea naíf movilizada por el Flower Power y ya en 2001 el FBI consideraba al Frente de Liberación de la Tierra como una de las mayores amenazas terroristas domésticas y el deterioro de la situación indica una mayor radicalización de estos grupos.

En definitiva, la defensa del planeta es una cuestión prioritaria que lucha contra los gobiernos y las grandes corporaciones, el ecologismo es también una cuestión política. Queda entonces claro que las situaciones desesperadas provocan respuestas desesperadas, tanto que su ineficiencia puede resultar frustrante.

Cuando el fracaso parece asegurado

Un evento de Dark Mountain Project. Fuente: Andrew J Brown

En 2009, tres hombres en un bar comenzaron un movimiento que no tardaría mucho en atraer a miles de personas: guiados por la resignación y el escepticismo pasaron de ser activistas medioambientales comprometidos a asumir la llegada del fin del mundo como lo conocemos. The Dark Mountain Project nació así para cambiar la narrativa que buscaba, hasta entonces, salvar el medioambiente hacia una dirección en la que el mensaje se centra en el terreno de la mera supervivencia, ideando a través del diálogo una manera de adaptarse a los cambios inevitables que el calentamiento global implica.

Personas de innegable cultura y formación aceptaron esta visión pesimista al observar el enorme fracaso de las campañas por el medio ambiente en las que habían trabajado hasta ese momento. Para ellos el mundo actual, la sociedad de consumo o la economía global no son elementos que puedan compatibilizarse con poner el freno al cambio climático y es una pérdida de tiempo vivir en el autoengaño, en lugar de diseñar una nueva sociedad que se adapte a las circunstancias.

No todas las reacciones ante el drama medioambiental surgen de querer salvar el planeta o de asumir su deterioro: cuando las cosas se complican siempre podemos contar con los malos de la película, los que ante una catástrofe global ven la posibilidad de lucrarse.

Hay intereses de Estado en el cambio climático

Sabemos que Estados Unidos ha destacado durante mucho tiempo por su empeño en negar, primero, el calentamiento global y, más tarde, que la culpa de su aceleramiento es del ser humano. No se trata de una cuestión de ignorancia, sino de conveniencia: la adaptación de las industrias a la hora de reducir sus emisiones es costosa, arrastra puestos de trabajo y afecta a la economía. La administración Trump, que no tardó en abandonar el Acuerdo de París, no desconoce los efectos a largo plazo del calentamiento global, pero conoce muy bien los efectos que cuidar del medioambiente pueden tener sobre la renta de su electorado.

Por su parte, Rusia no solo es que no quiera reducir sus emisiones de CO2 y frenar el calentamiento global. Rusia lo goza. Los ciudadanos de Putin se tomarían en serio si les digo que quiero que suba el nivel del mar para tener playa en Madrid, porque tomarse un helado en verano en Siberia es un sueño posible.

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Fuente: Intellinews.com

A nivel estratégico, el deshielo del ártico supone la apertura de rutas marítimas que hasta ahora habían sido totalmente inaccesibles para los rusos y su descongelación en tiempo récord no para de facilitar sus comunicaciones, su comercio y su economía. Históricamente los barcos rusos necesitaban rodear Europa y atravesar el canal de Suez para llegar a la costa China, pero la ruta por el norte reduce el recorrido casi a la mitad, eso se traduce en tiempo y dinero.

El acceso al petróleo del ártico es prioritario para un país que alaba a la industria de los combustibles fósiles y también beneficia al resto de países que están representados en el polo.

A pesar del clima, el mar descongelado y el petróleo, no todo son ventajas cuando Rusia descubre lo qué es el verano. El suelo de Siberia está cubierto por el permafrost, una capa congelada sin nieve ni hielo que lleva así miles de años. El calentamiento global hace que el permafrost se descongele y eso provoca que se liberen bacterias y virus que han permanecido latentes y vuelven a la vida. Ántrax, gripe española, viruela o peste bubónica surgen del suelo ruso para hacer cumplir con su función de contrapeso ante las ventajas del nuevo clima.

Oferta y demanda en el apocalipsis

Si hay alguien que sabe sacar algo bueno de que todo pueda salir mal, esas son las grandes empresas y desde Apple, llenos de optimismo, se han subido rápidamente al carro del cambio climático.

CDP, una organización británica que divulga el impacto ambiental de las grandes corporaciones, preguntó a las mayores empresas del mundo sobre los riesgos y oportunidades que presentaba el cambio climático para su actividad y Apple se salió: desde su punto de vista, los desastres naturales favorecerán la lealtad de sus usuarios y el valor de su marca.

Desde la compañía defienden que el iPhone “puede servir como linterna o como una sirena, puede proporcionar instrucciones de primeros auxilios, actuar como una radio y cargarse durante muchos días a través de baterías del coche o incluso de manivelas”. Apple tiene una visión de futuro y consiste en el fin del mundo iluminado desde un iPhone.

Fuente: The Crimson Monkey

Otras corporaciones también se ven preparadas para aprovechar los desastres. Las farmacéuticas como Merck & Co. encuentran posibilidades en las enfermedades tropicales que pueden llegar a Occidente con el cambio del clima, y es que el mosquito tigre (portador del dengue, el zika o la malaria) ya ha dado de qué hablar durante los últimos veranos.

Los bancos, evidentemente, encuentran sus ventajas en la cantidad de dinero que costará hacerle frente a los desastres naturales y será necesario el apoyo financiero de todo aquel que pueda ofrecerlo.

Alphabet (la mamá de Google), que no podía salir perdiendo del todo, le ve pros y contras al cambio climático, y es que una sociedad destruida no tiene pinta de invertir demasiado en publicidad online. Sin embargo, la gran esperanza del gigante tecnológico se reduce al valor de Google Earth, porque será más necesario que nunca observar los cambios en la geografía y el acceso a los recursos naturales que solo la precisión de esta herramienta permite.

Los efectos del cambio climático se preven devastadores, el Banco Mundial ya ha alertado de que para 2050 habrá más de 140 millones de refugiados climáticos y existe la posibilidad de que se genere un efecto dominó en la extinción global de las especies, los inconvenientes superan por goleada a las ventajas mientras los gobiernos y las corporaciones continúan buscando beneficios. A la hora de la verdad solo hay dos alternativas: intentar vencerlos o unirse a ellos.