Había escuchado hablar del mindfulness, o atención plena, pero nunca me había interesado tanto como para investigar a fondo y menos para practicarlo. Pero hace poco, investigando para una charla sobre comportamiento y behavioural economics, escuché un podcast del TED Radio Hour en el que Judson Brewer contaba su experiencia personal y cómo éste le había ayudado a tratar las adicciones de sus pacientes y combatir la ansiedad.

 

Pocos días después, en una clase de yoga, una compañera me habló de una app en la que trabajaba y me ofreció un periodo de prueba. La app se llama Bambú y dice que solo bastan “unos minutos para cambiar el resto de tu día”.

 

 

Teniendo en cuenta la relación entre la tecnología y la ansiedad, la depresión y la adicción, pocas cosas suenan tan contradictorias como usar tu teléfono móvil para meditar, pero eso son solo prejuicios. Bambú contiene cientos de audios grabados con guías de meditación de diferentes niveles y duración, para elegir en el momento que uno quiera practicarlas.

 

Estructurada en tres etapas, la aplicación homenajea el crecimiento del bambú: ‘Raíces’, que ofrece tres programas básicos para familiarizarse con los fundamentos de la meditación (el que yo probé fue el primero); ‘Crecimiento’, que ofrece sesiones más largas, intermedias y avanzadas, para afianzar el hábito y profundizar en ello; y ‘Desarrollo continuo’, donde se encuentran audios para el manejo de problemáticas concretas.

 

Disclaimer: Lo que voy a contar ahora es mi experiencia con las raíces y que, aunque noté que realmente provocó algunos cambios en mí, no he sido tan consciente de ellos hasta ahora. A pesar de mi relación con algunos miembros del equipo de Bambú, esto no es un post patrocinado. Como dicen Mauricio Morales y Cándida Vivalda, sus fundadores, Cuando “ves que (algo) te está cambiando la vida, sientes la necesidad de contarlo a más personas, de decírselo al mundo entero.”

 

Día 1, jueves 7 de junio. 3 minutos muy cortos.

Desde el primer momento Bambú te da la opción de elegir la duración de la sesión. En este caso entre 3 o 5 minutos y yo elegí la versión más corta. Teníamos la presentación de un proyecto y ponerme a meditar era lo que menos me podía apetecer. No quería “perder el tiempo”.

 

Con algo de esfuerzo le di al play y me senté a ver si conseguía concentrarme. Spoiler: no. Me dejé llevar lo que pude pero mi cabeza no paraba de buscar distracciones El “mono” con panderetas del que habla la locución me llevaba de un lado para otro y cuando creía que estaba a punto de dejar de pensar, el tipo al otro lado del teléfono se despedía hasta el día siguiente.

 

 

Día 2, viernes 8 de junio. 5 minutos de paz.

Me desperté por la mañana y nada más ver la notificación que había configurado para las 8 a.m. me senté en el salón y empecé a practicar. Las opciones eran 3, 5 y 8 minutos. Yo elegí la intermedia.

 

No sé si ese día conseguí borrar los pensamientos, pero el tipo de la locución (le llamaré Lucas) me dijo que contase las respiraciones en ciclos de 10 y por un momento sentí que no había pensado en nada. Ese día me vi recomendando Bambú a mi novia, como si fuese un gurú a pesar de llevar solo dos días. La sensación era de manejar mejor mis momentos de estrés y enfadarme menos.

 

Esa noche dormí especialmente bien y el proyecto que teníamos que presentar se presentó sin que me obsesionase la respuesta.

 

Día 3, sábado 9 de junio. 8 minutos INFINITOS.

Ahora no lo recuerdo tan pesado, pero mi diario dice que en un momento me salí de la meditación preguntándome “¿me habré quedado sin batería?”

 

Al principio comencé a entrar en un plano más profundo, más alejado de la realidad que me rodeaba. Al empezar cada entrenamiento, Lucas te dice que observes el lugar en el que estás “con una mirada desenfocada”, respires profundamente por la nariz una vez antes de expulsar el aire por la boca, despacio, y cierres los ojos.

 

Al cabo de un rato solo estábamos yo y mi respiración. Sonaba como el mar en un día movido pero regular, como un bálsamo que baña la arena. Entonces apareció ella.

 

Se llama Lula, es mi beagle y se subió a arañarme todo el pecho, los hombros y parte de la cara para besarme. Con los ojos cerrados y el pulso tranquilo, la aparté para que me dejase de lacerar la carne. Entendió el mensaje y se fue. Al otro salón, donde se subió al sofá al que tiene prohibido subir. Mi respiración, que masajeaba mis pulmones y mi vientre como el Mediterráneo al mojar las playas de Mojacar, no tapó el rugir de sus ronquidos y sus patas restregándose contra la tapicería de Ikea.

 

Un “LULA, FUERA” a pleno pulmón la convenció de que se bajara y sirvió a mi novia para hacerme notar que igual esto no me estaba calmando tanto como yo me creía.
No discutí lo más mínimo así que yo sigo pensando que sí.

 

Día 4, domingo 10 de junio. 5 minutos de cambio.

El domingo fue el día clave. Practiqué en la propia cama, sentado y decidí volver a los 5 minutos para que no se me hiciese tan largo. A pesar de lo que digan Van Damme y Chuck Norris, a veces es conveniente retroceder.

 

Los 5 minutos se me pasaron volando y no puedo recordar lo que pensé porque creo que no pensé en nada. Fui capaz de concentrarme en mi respiración, en las zonas por las que pasaba el aire y cómo éste viajaba por mi cuerpo, pero sin sentir que era en pensamiento. Era casi como un reconocimiento de mí.

 

Al final de la sesión Lucas me dio una instrucción: ser más consciente de mi día a día. Creo que me pidió que me fijase en las sensaciones al lavarme los dientes pero no le hice caso. Lo siento, Lucas.

 

Día 5, lunes 11 de junio. 8 minutos larguitos.

El quinto día me hizo ver que a lo mejor me exijo más de lo que debería. Otra vez me pareció largo y esta vez no puedo culpar a Lula porque le puse una barrera (aunque consiguió sortearla y subirse a mi sofá esta vez).

 

A pesar de que se me hiciera largo, fui capaz de abstraerme por momentos y dedicarme a sentir la respiración y cómo el aire me rozaba donde la ropa no me cubría y mi abdomen se chocaba con ella al inhalar.

 

Lo que sí mejoró fue mi relación con la postura. Lucas te recomienda que adoptes una postura cómoda “ajustando tu cuerpo”. Espalda alineada con tu cabeza, hombros relajados y rostro sereno.

Los primeros días era imposible no corregir la postura constantemente pero al quinto día me di cuenta de que había encontrado mi postura ideal.

 

Día 6, miércoles 13 de junio. Después de un día de pella, 8 minutos que han venido para quedarse.

Exacto, falté a clase. Dios creó el universo y todo lo que lo habita en 7 días y yo en 6 solo había faltado a mi palabra.

 

Tenía un viaje en AVE, algo que me pone nerviosísimo, y me prometí que practicaría durante el trayecto pero no lo hice. El interfaz gamificado de Bambú te cuenta los días consecutivos que llevas practicando y tengo que decir que ver que el contador se ponía a cero no me hizo ni puta gracia.

 

Sin embargo, como dije el día 4, puede que retroceder no sea tan malo. El día de descanso me hizo recuperar la app con más ganas.

 

El sexto día Lucas me volvió a poner deberes: ser consciente de lo que hacía cuando saludaba a la gente para no dar nada por hecho. Mis intenciones eran buenas pero le hice el mismo caso que el cuarto día. O sea nada…

 

Sin embargo sí lo hice al comer. Yo como rápido, mucho, y siempre estoy intentando corregir eso pero no me sale bien. Al concentrarme en las sensaciones de comer con ansiedad y ponerles nombre y adjetivos, empecé a poder controlar el ritmo.

 

Día 7, jueves 14 de junio. 8 minutos y ya estamos en carrera.

Para el séptimo día sentarme a dedicar 8 minutos a la atención plena (mindfulness en español) era algo natural y necesario.

 

Ahora empezaba a ser más consciente de todo lo que pasaba en mi día a día. Diría que me fijaba en ello sin darme cuenta, pero obviamente eso sería irónico. La palabra es effortlessly, sin esfuerzo. Estar en contacto con lo que pasa me hacía estar más alerat sin ponerme nervioso. Una combinación perfecta entre la consciencia y la serenidad.

 

Una vez más, Lucas me pide que preste atención a los saludos pero me doy cuenta de que no lo hago. En lugar de frustrarme lo que hago es preguntarme: ¿por qué será?

 

Día 8, viernes 15 de junio. 8 minutos.

4 días seguidos de 8 minutos bastaron para que no se hiciese largo. Al contrario.

 

El octavo día la práctica es lo de menos, los cambios se notan en el resto de tu día. El tiempo va a otro ritmo, como Neo parando balas en Matrix. Al prestar más atención a cada cosa, es como si todo durase más, o como si exprimieses más cada momento. Empecé a entender por qué se llama atención plena.

 

Día 9, sábado 16 de junio. 8 minutos.

Tenía una clase de yoga ese día y no me había despertado a tiempo pero aún así decidí apurar y hacer 8 minutos. Lucas me dijo que no era necesario adoptar una postura concreta ni moverme a un lugar aislado. Que lo hiciese donde quisiese y, como me lo dijo cuando ya estaba sentado hice doble sesión. Una sentado en la cama y otra de camino a clase, caminando por la calle.

 

Ese día que hice doble sesión de mindfulness antes de clase de yoga es el día que más cerca he estado de ser el Profesor Miyagi.

 

Día 10, domingo 17 de junio. 8 minutos y despedida del periodo de prueba.

El décimo día tuve la sensación de haber cumplido una promesa. Se había acabado mi primera etapa de Bambú. ¿Qué he notado? Es difícil ponerlo en palabras.

 

Sigo sintiendo que me ayuda a cabrearme menos, a manejar mejor el estrés y controlar la frustración. Me mola esa sensación de bullet time que me provoca en ocasiones en las que, de no haberlo probado, habría pasado el momento por alto.

 

Como con todos los buenos hábitos, ahora de lo que se trata es de seguir usándolo. Al pasar a la segunda fase las sesiones pueden llegar a los 12 minutos, los ejercicios son más concretos y me doy cuenta de que me cuesta más ponerme a ello, pero el resultado de esos primero diez días sirven de motivación para seguir adelante.

 

¿Lo conseguiré? Si lo hago escribiré un post de mi llegada a la fase de ‘Crecimiento’.

 

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Sobre el autor

Director creativo, editor de Rewisor, esposo de una chica de pelo raro y padre de Chatarra, la gata más gorda del país.
Esbirro de #EscoriaElPerro.

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